miércoles

Las estanterias de abajo



Tanto mudar la piel
se agrietan los huesos
tanto boli, tanto papel,
y tan pocos versos.

2013.

9-7-14

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer besar el campanario.

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer casarme con unos ojos tristes.

Pero mejor será no hablar de besos,
ni de casamientos; ni de ojos tristes,
y mucho menos de lo que ya no puedo hacer.

Lo malo de recorrer la vida de uno es
precisamente eso.

jueves

Pelador de patatas

Todavía no he aprendido a sujetar un paraguas,
ni a reír cuando no hay nadie mirando;
aún pelo la patata llevandome la mitad de su carne
-y casi la mía-,
y, aunque a veces es cierto que duermo mejor solo,
me hace gracia que, despues de tanto tiempo,
aún no haya aprendido a dormir sin ti.

Será que soy lento aprendiendo,
o que sujetar un paraguas me dejaria seco por fuera,
y aprenderme tu ausencia me secaría por dentro,
y lo de la patata... bueno,
eso será que sigo siendo el mismo desastre de siempre.

Paseando por la vida

No vamos a cometer los mismos errores,
porque eso sería vomitar en los aeropuertos,
decirte que te quiero antes del primer hola,
y ser demasiado de lo que llaman nada,
sentado en unas escaleras, robando poemas al vecino.

No vamos a cometer los mismos errores:
no vamos a robar macetas en mitad de la madrugada,
ni a esconder relojes en el techo -con la alarma encendida-,
ni a frenar con el izquierdo cuesta abajo,
y a quedarnos sin aire, ¡y milagro, ventolín!

No vamos a ser tan gratuitos, ni tan predecibles;
no nos vamos a dejar hacer sólo porque al otro le apetezca;
no vamos a robar cascos a otras motos,
ni a dejar la vuelta abierta.
No. Nunca más.

No. Y si son mil veces "no" será,
no porque nuestro plural esté agotado de ser,
sino porque todos esos "no", tan de dos letras,
tan redondos y rotundos y llenos de seguridad,
supondrían que, al fin, nos aceptaríamos derrotados,
y acabaríamos teniendo sólo asco en las bocas,
murmurando miedo y siendo una sola arruga,
que al unísono balbucearía:
"mira, ya vuelven a ser las diez,
ojalá nos lleve pronto".

lunes

Adiós muchachos.

Te veo,
mujer de alas de papel,
copia infinita
de mi,
presencia que no termina;
infierno.
Te veo
fallida en tu vuelo
levantar las caderas
como redención
siquiera eres para mi
y aún así,
amor.

Y a cuestas
siempre
con dos cuerdas
un saxofón.
Adiós,
ligera de mi vida,
adiós.

miércoles

Qué suerte



Pudiera parecer que no ha pasado el tiempo,
que sólo nos hemos movido en el espacio,
como plumas sin voluntad en un día de viento.
Pudiera parecer, como tantas otras mentiras.

Pudiera parecer que ésta noche la vida sigue,
pero lo cierto es que se ha detenido
en los posos del recuerdo
con que esta copa de vino juzga
el tan intenso, tan fugaz, ¡el tan celebrado!
camino transitado.

Qué suerte el tener amigos, y familia,
y una cabeza con algo más que serrín;
qué suerte que me devolvieran
todo el amor que di.

Qué suerte tuve al poder crecer entre montañas,
rodeado de animales, amasando pan; cogiendo tomates,
jugando en las eras; pedaleando sin descanso,
creyendo en la magia.

Qué suerte tener a mi madre,
que me hizo y me protegió;
qué suerte la mía, que aterricé en Granada
y allí me fui haciendo un poco menos pequeño,
por no decir mayor.

Qué suerte la libertad, pese al miedo y la locura;
las borracheras, los amigos:
qué mala suerte mi primera novia,
y qué regalo me hizo la vida con mi primer amor.

Qué suerte doble los amigos,
y qué mala suerte que algunos se fuesen
de dos en dos.
Me emociono por los que quedan
y dejo la puerta abierta a los que no.

Qué suerte todo lo que me han amado,
todo lo que he vivido,
y todo lo que aún no.

Qué suerte ser consciente de que el tiempo pasa
y poder agarrarme a cada momento con fuerza,
aunque luego llore como una madre al verlos marchar.

Qué suerte las segundas oportunidades,
y qué suerte la mala suerte de poder fracasar.

Qué afortunado me siento de tener tanto que agradecer.

[Para mis padres, para mi familia y para mi familia de amigos. Para todas las personas a las que quiero. Gracias, todos vosotros sois esa suerte de la que hablo. Todo mi cariño].

De fotos viejas e inmortalidad

Hay una foto vieja, aunque quizás no tanto
en la que aparece un niño con una bicicleta,
que bien podría ser una niña con coletas,
donde tú medio sonríes sentada en una puerta
cuya madera bien podría ser metal,
aunque de eso estoy seguro: no lo era.

Los pantalones negros, como la camiseta,
como todo el resto, excepto el alma,
y los labios, que son del color de las violetas
y tú silvestre objetivo de mis ojos y recuerdos.

Hicimos otra en la misma puerta
sin ti, solo con la puerta,
y sin la niña-niño,
y la puerta, te digo, parecía haberse quedado triste
como el cielo en los pazos
de aquél ganadero viejo
allá por la otra España.

Es cierto que no recuerdo nada,
excepto el nombre del pueblo,
la bicicleta, la puerta y todo lo demás,
pero mi memoria tiene bien guardada
esa cara tuya, de en las fotos, no saber adónde mirar.

Esa vieja foto, temo no saber dónde está,
al igual que no recuerdo, en fin,
todo lo demás.
...excepto cierta casa azul
y los veranos que ya
no volverán.

Resemblance

Yo me mataría en tu boca si eso me diese un momento de paz. ¿Has visto lo negro que está el corazón de las personas? Si al menos no estuviese también vacío, podría servirme de consolación, pero cada día los cementerios ganan más espacio a las ciudades y se nos derrite el ser. Ciudades cementerio: por fin ha llegado el momento que todos esperábamos, ese en el que los muertos andan entre los vivos con normalidad. Nadie parece advertirlo; su impunidad es alarmante para los que conservan trocitos de vida. ¿Se trata de vida, o de humanidad? Dependerá de la definición de humanidad. Eso no es más que otra escala de valores, una de tantas y para de contar.

La complejidad nos rodea en todas sus formas, y aunque sólo la identificamos en los objetos tecnológicos, el diseño natural guarda una complejidad aún más intrincada a la que siquiera nos atrevemos a asomarnos por miedo a que nos haga sentir terriblemente estúpidos. Todo a nuestro alrededor es pura complejidad: desde la primera gota que cae al otro lado de la ventana hasta la última, que se rompe en tu cabeza, ya despojado del pijama. Que sea la gota la que se rompe y no tu cabeza es solo cuestión de suerte. Aleatoridad. Y ciencia, claro. El que niega a la ciencia está negando también la inteligencia, aunque bien es cierto que el que busca en la ciencia la respuesta al terrible vértigo del simple roce de sus labios está negando la poesía, y con ella la felicidad. No se trata tanto de encontrar la respuesta como de dejar que la poesía conviva con la ciencia.

Por eso, porque no sé si mañana estaré vivo; porque veo los manzanos florecer y me asombro del poder de la vida brotando ajena a los escombros que crecen de sus hijos, es por lo que escribo que yo me mataría en tu boca si eso me diese algo de paz. Porque siempre te escribo a ti; a ti como la mujer concreta, abstracta, de éxito y fallida que eres. Como la enorme, no ya dualidad, sino multiplicidad que eres. Como -y mis palabras siquiera se acercan a describirte; y jamás lo que sigue ha sido utilizado con tanta justicia para definir a alguien- el violento volcán que tu cuerpo guarda. Siempre te escribo como eso, pero también como la parte más sagrada de mis recuerdos; la que no dejo que arrastre el tiempo mismo, y a la que me aferro no sin miedo. Y te escribo a ti porque sé que sólo a tu lado ver los manzanos florecer sería más bonito, e igual de bonito que tiritar hasta desgastar los dientes.

Yo moriría, que es mi más grande guerra, en tu boca y aún así eso me daría un momento de paz. Esa es una de las muchas complejidades sobre las que te escribo, aunque muy probablemente no me estés leyendo.

Sin título

Se mueren trozos de nosotros,
parte de nuestra historia,
no-fantasmas que abrazábamos en fotos,
pedazos del corazón,
y qué tristeza, que se hace aún peor en soledad.

... y dime,
quién no inventa fantasmas,
quién se siente suficiente como para olvidar,
quién escribe como antes,
y quién no se sabe marioneta.

Quiénes somos

Todos mis hijos se llaman niebla
y tienen los pretéritos hechos de la carne
de la misma estrella,
que se duele por aquello de que
le duele estar muerta.

Todavía, nunca y siempre he aprendido a barajar,
ni a hacer monasterios de los castillos en el aire,
o a saber perder:
la vida parece a veces una jugada desesperada,
y por eso es todavía, nunca y,
ojalá.

Pero basta de lamentos: hagamos niebla
aún que todavía, nunca y siempre te duele estar muerta.

martes

En cuenta.

Hay que tener en cuenta el mundo en el que vivimos
-aunque él no nos tenga en cuenta-.

Nos vamos muriendo, sin orden ni concierto,
y sólo pido no empezar a enterrar amigos
cuando siquiera sé cómo enterrar recuerdos.

Voy dando patadas a piedrecitas,
redescubriendo la tristeza,
imaginando ser un árbol,
no cabiendo en los carteles luminosos.

Tirito como una amapola que niega al invierno;
abro la nevera y encuentro que no somos los únicos
que vamos muriendo.

Me coges por sorpresa:
me siento un niño puesto a prueba.

Todo lo demás no me lo tengas en cuenta.

lunes

viento


En el viento va la vida. La vida es el principio; ese principio marca el inicio de la existencia, y antes de él no se está muerto, sino que se es inexistente. Uno no imagina ser vida en el viento antes de ser semilla en el vasto universo. Uno no imagina nada hasta que comienza a hacerlo, y entonces, de a ratos, fantasea con su inexistencia; se preocupa por ella e intenta ponerle remedio. Pero no hay remedio para el no ser: lo hay para el ser, que es, precisamente, el no ser. El viento es. Y dicen que lo que es, no puede no ser, pero a veces saco la cabeza por la ventanilla, como un perro con pinta de bobo adorable, y dudo de la veracidad de esa afirmación. Dudo hasta el punto en el que me vuelvo duda, y es entonces cuando veo eso de que la energía se transforma, porque yo mismo me he transformado: he dejado de ser un perro con pinta de bobo adorable y ahora soy duda.

Los viejos del pueblo saben más que cualquier charlatán de feria. Ellos saben que, más temprano que tarde, no podrán transformarse en duda, ni tampoco en paradoja, y aún así saludan con sus manos arrugadas y bajan sus cabezas sólo para volverlas a subir cuando paso con la bicicleta. A veces paro y algunos de ellos pregunta: "¿y tú de quién eres?", y antes de que yo pueda convertirme en respuesta, otro le dice: "¡éste es de las eras!", y remata con un: "¡de los madrileños!". Entonces sigo mi camino, que es plano y lleno de calma tensa, y cuando vuelvo a aquél banco de piedra en el que están sentados, han pasado diez años y están todos muertos. Han dejado de ser: se han rendido, y eso es imperdonable. "¿Y vosotros de quién sois?", les pregunto al rastro de sus sombras, y aunque no responden, veo a través del silencio: "¡de la muerte!". Son ya de la muerte y de la tierra y de los árboles y de los gusanos. Y yo ya no soy con la bicicleta, sino que soy superviviente. El pueblo tiene menos viejos y hay más charlatanes. Salgo de él: me llevo mis bártulos. Soy viento: transporto mi propia vida. También soy caracol.

Las montañas se desdibujan según me alejo. Cruzo el desierto, donde el viento no lleva vida, sino que se limita a ser viento, y dejo una parte de mí sobre una enorme mesa de mármol que Hércules en persona dispuso. Me acerco al oído de una amapola (a-m-a-p-o-l-a) y guardo silencio. Me convierto en aprendizaje. Pasa el tiempo: el viento viene y va. A veces creo que arrancará los cimientos de la casa y que nos matará a todos. De eso es de lo que habla el televisor. Después guardo luto, y pienso que la muerte es el alimento de las galaxias. Me detengo, me miro y digo: "ésta es mi vida". Es cuando reparo en ello cuando también lo hago en que en el viento va la vida.

Me transformo en viento: es mi último intento de ser pura vida.

domingo

El juego

Clava los colmillos en su pieza. Ésta sangra. Los días se hacen breves, marcados por la búsqueda de alimento. Cuando el aire empieza a ser más cálido, la vida comienza, hasta que, por fin, con el vientre saciado, cae la noche y ofrece descanso. A veces no hay cómo saciar el hambre. Ni el instinto. Entonces la noche se vuelve enemiga: la noche se vuelve fea y sus defectos quedan al descubierto, ofreciendo una imagen grotesca. El silbido del viento agita las copas de los árboles afuera, donde la noche enemiga también busca a su presa, hambrienta de ambrosía. Las sombras juegan a ser. Invierno es todo cuanto se ve. 

Las presas comienzan a escasear. El hombre las mata más rápido y con más facilidad. Cada vez hay menos. El bosque también ha mermado: también el hombre lo mata, cada vez más rápido y con más facilidad. Los pájaros cada vez están más desahuciados, y las presas encuentran menos lugar donde alimentarse. Los días son largos sin excepción. Tiembla, apocado.

Quiere saciar su hambre con la carne de los hombres que le hacen temblar de hambre. Aprieta los colmillos, y sólo atrapa el aire.

Pequeñeces

Que pequeñito me estoy haciendo,
desde que he dejado de tomar mis pastillas
para ser gigante mitológico,
guardián de tierra verde.

Noto cómo mis extremidades menguan
sin orden ni control:
los pantalones ya me vienen grandes
por leguas al menos,
y cuando trato de ponerme las camisas,
no puedo sino llorar al contemplarme
siendo sólo camisa, sin cuerpo ni más ser.

Quepo ya por las rendijas más pequeñas,
y casi puedo pasar por hormiga y manifestarme
por los derechos de las hormigas trabajadoras,
explotadas por su patrón:
hormigas del mundo, ¡levantáos!

La lluvia me asusta: creo que cualquier día
una gota me aplastará,
y cuando veo coches corro en todas direcciones,
temiendo que me arrollen
y además de pequeñito, ser muerto.

Los pájaros me miran con avaricia,
cada día más,
pero yo no me amilano, y cambio mi cara de ratón
por la de un amenazante pararrayos.

Ay, ¡qué pequeñito me estoy haciendo
desde que he descubierto que sólo de pensarlo
empequeñezco!

Serásiempre.



Nos veremos. Nos veremos, y no será en el infierno, porque ninguno de los dos creemos en él. También porque allí hay demasiada gente como para que nos veamos. El infierno está en la tierra: en todos esos días que no nos vemos, que son todos desde hace mucho tiempo, y en los días lluviosos que merecían ser de sol, y en todas las injusticias y venganzas del universo. El infierno está en cada ser humano, como lo están dios; la suerte; la poesía; el amor; el tiempo, la muerte. Hace un tiempo dije que sólo creía en dos cosas: en el amor en su sentido más amplio, el que se siente desde la rótula hasta la raíz del cerebro que brota espléndido; y en la poesía, que es otra forma de amor, siempre verdadera y pura en esencia. Ahora también creo en que nos veremos, y en que no será en el infierno, ni tampoco cuando tú seas amapola y yo mariposa. O al revés, que nunca se sabe, y el afán de escapar volando fue siempre de los dos, nunca del todo mío, como tampoco lo son las palabras.

Perdona, es que a veces me pierdo, ya lo sabes. Nos veremos y nos tocaremos, y no habrá forma de que nos reconozcamos porque habrá pasado tanto tiempo que ya siquiera nos encontraremos las cicatrices allá donde solían estar. Y ya sabes que las cicatrices son el punto más importante de cualquier mapa. Pero son cambiantes y traicioneras. Algunas son hondas como abismos a los que siquiera la razón se atreve a asomarse, y otras tienen su propio campo magnético, hechas del hierro más pesado del planeta. Y las que nos conocíamos habrán mudado la piel, haciéndose pasar por simple carne, y otras habrán nacido en su lugar, en puntos distintos que tú tendrás que explorar en mí y que yo tendré que explorar en ti. Seremos dos buenos aventureros en busca de cicatrices, buscando dar forma a nuestros respectivos mapas. Cuando me hayas explorado, tú dirás: "te encontré", y yo haré lo mismo. Y tardaré lustros en encontrarte. Y cuando alguien pregunte por mis cicatrices, daré voz también a las tuyas: mi cuerpo estará lleno de las cicatrices de los dos, que serán de hierro, abismos y un poco de arena, por eso de las dunas de tu cuerpo hecho de café.

Y sí. Nos veremos. Yo ya no seré un niño, ni tú una chica. Yo seré puente de piedra y tú vagabunda de tinta, o galaxia a secas. Estarás ocupada en estar loca todo el tiempo, pero haremos trocitos la locura y nos la comeremos cuando no podamos aguantar más. La locura llena mucho, y se puede vivir de ella durante largos años sin apenas temblar por las mañanas. Y yo ya no tendré que escribir todas estas cartas sin destinatario, porque me estaré viendo en tus ojos, que son los ojos en los que querría volver a nacer.

Nos veremos. Lloverá; será noviembre.

Grecia, vistazo de un país.

Ésta es la dura realidad del sistema en el que vivimos y de la lucha de clases en la que estamos inmersos. Es un texto muy bien escrito: recomiendo su lectura.

http://elpais.com/elpais/2014/04/11/eps/1397239633_680592.html

Pienso que conceptos como el de nación, que levantan fronteras también en el pensamiento, ayudan a que pensemos en los griegos como una especie de primo lejano; puesto de mejor forma, aumenta su "otrorización". Porque, afrontémoslo, Grecia ya no es Europa, ni es parte de los nuestros, sino de los suyos; de los otros. Ésto es lo que nos hace pensar que su realidad está lejos de la nuestra, y que si bien la nuestra es dura, no lo es -ni lo será- tanto.

Sin embargo, en este juego perdemos todos. Los únicos que se llenan los bolsillos a costa de los sueños y de las vidas de las clases trabajadoras, que tuvieron la mala suerte de no nacer reyes, son los banqueros, un determinado tipo de políticos -un tipo que abunda, por desgracia-, los especuladores y, en definitiva, los sinvergüenzas.

Mientras, nuestras calles se llenan de santurrones de una semana que disfrutan de la locura colectiva de una tradición medieval, y que proclaman comulgar con valores que no llevan a la práctica y en los que, en realidad, no creen, porque el sistema ha ganado la (otra) guerra a la religión. Porque, aunque la religión y el sistema se rasquen la espalda el uno al otro, ya es más importante lo tangible que lo abstracto; la adrenalina que la fe. Porque, en fin: Dios ya se compra con dinero. Y si no, no merece la pena.

Entre nuestra realidad y la de los griegos, en el centro de eso que llaman la bota, el Papa mandaba al limosnero repartir sobres con cincuenta euros entre los indigentes. Porque la caridad siempre es útil: te hace quedar bien y te asegura que quien la recibe no levante cabeza. Ese es el orden a perpetuar, al que con tanto ahínco se agarran las élites, que siquiera ven peligrar sus posiciones de poder ante un vulgo dormido e iletrado. ¿Qué cuál es ese orden? Bueno, ya saben: unos tienen que sufrir para que otros se diviertan. También es eso de que unos tienen que tener mucho para poder "dar algo" a los que no tienen. En definitiva, orden es lo que ha de regir el mundo, porque sin él hay caos; estado de naturaleza, salvajes que se matan unos a otros. Y el caos no les reporta beneficios.

Así que, en esas estamos. Dormidos, manipulados, programados y desinformados. Cómodos. La relativa comodidad, aún en la lucha por la supervivencia, es lo que garantiza que la base siga tragando. No importa que nos maten con balas, que nos apaleen, que nos maten de hambre o que nos dejen morir enfermos. Las élites extractivas siempre tienen otro par de manos. Eso son las personas: manos. Fuerza de trabajo, plusvalía.

Por eso en Atenas los taxistas son filósofos y los payasos presidentes. Por eso no se habla de Grecia en las noticias. Grecia lleva seis años siendo torturada por los mismos que aseguran estar salvándola. Grecia es un gigante de nuestra historia colectiva, que agoniza, y al que nadie quiere mirar.

Los hay que fantasean con un mundo en el que todos fuésemos reyes. Yo veo más acertado hacerlo con uno en el que nadie lo fuese.

Mientras, seguiremos mirando a Grecia de reojo, creyendo que nunca seremos ella, sufriendo de estúpidez, de cortoplacismo, de míopia, de la enfermedad que es el dinero. Y cada vez más, de hambre. De frío. Y llegará el día en el que suframos de vergüenza. Vergüenza por no habernos levantado en armas cuando tuvimos que hacerlo.

Quizá aquél tenía razón, y todo sería mejor si Atenas no hubiese perdido la Guerra del Peloponeso.

miércoles

miércoles

Cuando una pesadilla acaba, otra distinta empieza,
y se hace como escondite de secretos,
lugar recóndito e infranqueable,
fortaleza de debilidades inexpugnables,
condena a muerte, como tantas otras.

Pesadilla no sin suerte, sino sin tiempo;
deshilachada, desnutrida y desahuciada,
pesadilla de colores sin colores no soñada,
de pesos como mundos en la almohada.

Los sueños y las pesadillas se saludan al pasar,
y después, con sus iguales, comentan afligidos
lo desmejorado que está el otro:
será de ser tan largas las pesadillas,
y tan frustrados los sueños.

lunes

Res non verba

Sería julio. Digo que sería julio porque no recuerdo ir a clase y pasaba los días borracho. Aunque, claro, hubo un tiempo en el que todos los meses fueron julio. Pero creo que hacía calor, creo recordarnos durmiendo desnudos... cuando dormíamos; cuando no nos quedábamos hasta ver el amanecer contándonos las heridas, arreglando la vida y bajándonos del mundo en marcha. Cuando no fumábamos un cigarro de después, y otro. Y otro. Cuando no estábamos tan delgados de puro amor, y tú no intentabas engordarme comiendo doble para que yo comiese, al menos, la mitad. Éramos terriblemente bonitos, e imperfectos, y jóvenes. No puedo creer que hayan pasado casi diez años. Ahora me pregunto dónde están esos casi diez años y todo lo que veo es un reflejo en un cuarto lleno de ellos, donde llorar era a veces rutina, y donde contigo me fumé la adolescencia. Luego, sin ti, me la bebí. Después te quise olvidar a golpe de taquicardia, hasta que casi me explota el corazón, y bum. Ya no más. Cuantas venganzas absurdas de mí contra mí. No hay mucho que recuerde con precisión: son más bien sensaciones; reconstrucciones que seguro que no se corresponden con la realidad de lo que fue. Recuerdo el suelo frío. El suelo siempre estaba frío, no importaba que fuese verano o invierno. Por eso me gusta más la madera.

Cuando mis padres discutían el suelo también estaba frío. Discutían mucho y muy alto, y a mi no me gustaba quedarme en la cama mientras lo hacían. Supongo que quería saber por qué discutían, y que quería asegurarme de que todo acababa bien. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: ir a la esquina del vano de la puerta de la habitación de mis padres y tumbarme en el suelo, de perfil, con las dos manos bajo la cabeza, encogido. A veces llevaba una almohada, a veces a mi peluche preferido. Pasaba horas. Hoy lo recuerdo como horas, tal vez no lo fuesen. Y me quedaba dormido. Creo que cuando empecé a hacerlo con frecuencia, ellos sabían que estaría ahí de antemano. Mi madre salía de la habitación, me cogía en brazos, me llevaba a la cama y me arropaba. A veces yo volvía a salir y me volvía a tumbar en el suelo. Otras me quedaba durmiendo. Siempre me ha gustado el suelo: el suelo frío de baldosas moteadas, y el suelo frío sin adornos. Pero más el suelo de madera: el que cruje no, ese me espanta. El de parqué; el que tenían mis abuelos en el piso de Madrid, por cuyos pasillos yo corría durante el año que pasamos en el exilio, y por los que me olvidé un poco de las discusiones y del suelo frío, y vi que "vaya, así que esto es la normalidad". Por el que mi hermano gateaba y esas cosas que me ponen triste.

Recuerdo la barandilla de camino al cuarto de baño, y a algo más de medio camino, recuerdo que nos abrazamos. No fue tan simple como eso, pero hay cosas que permanecen inenarrables, a pesar del tiempo -que siempre es traicionero-. Fue como un choque de trenes; una explosión o la erupción de un volcán. Como volver a nacer. Eso es lo mejor que lo puedo escribir. Nos abrazamos durante horas. Hoy lo recuerdo como horas, tal vez no lo fuesen. Me recuerdo abrazándote, y hasta creo recordar tu ropa, aunque seguro que eso es parte de mi reconstrucción. Pero lo que sí recuerdo con seguridad es cómo el suelo frío dejó de ser el suelo de las discusiones y las horas tiritando y pasó a ser el suelo de los abrazos que no se pueden describir.

Ahora me parece no haber vivido todos esos momentos como se merecían.

sábado

La guerra (Dublin II)

Te crece el viento en la espalda,
el mismo viento que me dobla
cuando soy árbol de raíces huecas.

Tienes en los ojos tambores de guerra,
y en la sonrisa te recuerdo gorriones
que no recuerdas.

Se fue enero,
vino el viento,
volvió la guerra.

viernes

Es una trampa



Estar vivo es una trampa. Una trampa muy compleja y elaborada. Y también bonita. Una trampa que no se sabe quién ha puesto ahí, si es que alguien lo ha hecho, ni cómo. Estar vivo es una trampa incógnita; una trampa azar: una trampa trampa. Doble trampa. Los hay vivos desde el ochenta y siete; desde el noventa; desde el noventa y dos; desde el sesenta y dos... en fin, hay muchos vivos. Y muchos vivillos, y vividores. También los hay muertos. De esos no me apetece escribir, que son demasiados como para contarlos sin abatimiento.

Así que, en fin. Estar vivo es una trampa que se te cuelga de las orejas y tira con fuerza hasta que, un día cualquiera, tus orejas están bajo tierra y tú siquiera te has dado cuenta. Caíste. Te han engañado como a un tonto; como a todos, claro. Pero qué trampa más deliciosa. No dulce, sino deliciosa. Una trampa de tal magnitud que: eclipses, amaneceres, atardeceres, anocheceres, aconteceres y almendros en flor. Y también de la hierba brotando, de un caracol dando la vuelta al mundo y de joder, cómo llueve. Deliciosa, compleja, misteriosa y con las fauces abiertas. Así es la trampa. Y nosotros, por lógica, somos los tramposos. Y como no podía ser de otra manera, entre amanecer y amanecer, se nos olvida que somos víctimas de la complejidad, de la delicia. De la trampa.

Ya saben: sean tramposos, que nunca se sabe a qué distancia están sus orejas de caer en quién sabe qué trampa.

[Anexo]

La marea, el viento; la pasión. Las cosas que nos llevan, los senderos en los que nos perdemos sin querer queriendo. Las cosas. Las cosas en general: pequeñas, grandes y medianas. Las cuatro guitarras que dan tinta al bolígrafo, y el frío que hace fuera. La trampa, al fin y al cabo: el anexo a ella. La trampa no es el coche cuatro puertas y el perro en el balcón: eso es el engaño. La trampa es éste vaso de vino y los poemas que aún no he escrito, las veces que no me he caido, y las que sí. La trampa es todo eso, y a la vez nada de ello. Por eso la llaman así, ¿no?