martes

Nota rápida

En la vida tiene uno
que estar siempre sacándose
espinas, astillas, y puñales,
que, de no hacerlo,
se enquistan y le hacen a uno
mala sangre.

Por eso yo
escribí el poema
tal vez más sincero que haya escrito
que decía:
"Yo...
...tú".

Recuerdos razonables





Yo te recuerdo de mis sueños,
de mis pesadillas,
de mis traspiés,
de cuando era cuerdecita de reloj
y tú querías saber la hora
para nunca llegar tarde
y te ponías de puntillas
para verme los segundos,
y yo te tomaba el pelo, parándome en seco
solo para que me agitases.


Te recuerdo de cuando era marinero
y tú, temible tormenta
decidida a castigar.
Te recuerdo de todas mis otras vidas
que poquito a poco voy recordando
en la forma de sueños,
de pesadillas,
de traspiés.

domingo

Santa Catalina

Juraría que te olí en aquel convento de Clarisas
donde sonaba aquél laúd de ocho órdenes
y yo no podía dejar de reír porque,
ocho órdenes,
y yo apenas encuentro uno.

Y en aquella Santa Catalina, entre los frescos
y los querubines -que no, que son putis, dice Marga-
yo juraría que te olí,
aunque no lo haría nunca bajo juramento.

jueves

De los bosques de Segovia



Mi padre es ahora un árbol de los bosques
de Segovia
mis hermanos y yo lo dejamos calladito
en un tocón robusto,
que parecía alegre de haber sido árbol
de buena madera;
nuevo hogar para mi padre,
que podrá ahora en las noches quedas,
escuchar el murmullo del río de Valsaín,
y tal vez escuche también el crujir de las vigas
de la casa en la que nació,
aunque ésta ya no exista;
y qué feliz coincidencia sería que esas vigas
y el tocón que ahora es mi padre,
fuesen uno y la misma sangre
doble hogar,
por fin.

Yo querré ser tocón de buena madera
en el denso bosque de tu memoria
donde, con suerte, tus ríos y tus vigas
y tu risa
me despertarán,
y así podré ir a ver al tocón que es mi padre
y decirle: por fin,
doble hogar.

miércoles

Pequeñas muertes

Tenía la frente marchita por azares del tiempo, que desgasta como una mala amistad, y el aliento dormido, hijo de otra boca en no se sabe qué tiempo. Arrastraba su caminar lánguido sin excusas, y sus dos brazos, colocados tan tensamente a los lados de su torso, parecían la aleta de una rémora. Su hablar era remoto y trastabillado, y se sacaba de la boca las palabras como con la certeza de que, de no hacerlo, no tendría otra oportunidad. Era un cuadro delicioso al que casi nadie prestaba mucha atención porque estaba considerada un Van Dyck al lado de un Goya. Por suerte, yo nunca entendí de arte, y cuando descubrí su cabeza de anciano, sus aletas de rémora y su aliento ajeno, me di cuenta de que era en mí donde empezaba el mundo, y en ella donde Atlas decía ésta, ésta es mi parada, aquí me bajo yo, nos vemos.

Fue ella quien me hizo comprender que la realidad es algo con lo que nunca estamos de acuerdo y que, sin embargo, aceptamos por el propio peso del concepto. Es más: fue mirando su nuca de cornejo cuando fui consciente de que en dicha aceptación subyace un rechazo frontal auspiciado por la insaciable sed que nos provoca la perspectiva de un futuro. Es la recóndita esperanza de un cambio lo que nos hace aceptar, y al mismo tiempo rechazar la realidad. Nunca estuvieron mis ojos tan seguros de nada como cuando se clavaban en sus pigmentos de retratista. Alcancé a ver que debajo de todo el tejido de realidad se esconden múltiples e infinitas realidades con las que siempre podemos mostrarnos en desacuerdo, y que es así como la realidad acaba siendo algo con lo que nunca estamos de acuerdo y que, sin embargo, aceptamos pese al rechazo de nuestro fuero interno. Fue ella quien me dio todo eso, desde la distancia, con su nuca de hebras de plata y ese aire envejecido que sugería que su piel no era sino una carcasa, contenedor de un alma milenaria.

Nunca hablé con ella. No tuve tiempo. Aunque puestos a decir la verdad, lo que me faltó fue valor. Estoy prácticamente seguro de que estaba a punto de hacerlo -a nada de acercarme a ella y decirle hazme claroscuro- el día en el que nuestro jefe se armó del coraje que a mi me faltaba y denunció a la policía los reiterados chantajes a los que ella le había sometido durante años. Los detalles no trascendieron, pero pude ver su nuca de arbusto en una fotografía en la cuarta página del diario local, que decía algo así como

A. V. D., pintor flamenco de trescientos setenta y tres años, fue detenido hoy en su domicilio, acusado de haber chantajeado durante años al conocido empresario G. M. L., así como a otros diez empresarios locales, delito por el que se calcula, habría percibido una cantidad cercana a los cincuenta mil euros.

Y aunque quise no estar de acuerdo, me aplastó el propio peso del concepto.

jueves

Papeles en la basura



Aquí el calor agrieta las caras. Las sábanas cuelgan de balcón a balcón. Los tempos son distintos y hay que tener cuidado con a quién se fotografía. La comida se saborea y se acumula después en los cubos de basura, que se queman cuando rozan lo bárbaro, o son recogidos -ya desbordados- por excavadoras. Eso cuado no los queman los niños, para enfado de los vecinos.  De las paredes salen amenazas en forma de pistola, y los críos te roban la cartera cuando te estás mirando las manos. Las calles están llenas de vida. El sol calienta, que ya es mucho decir, y las personas ríen, y se emborrachan y pelean, y se ama y, joder, qué de pasión.

Los turistas caminan desorientados. Yo también soy un turista, pero, aunque a veces desenfundo la cámara y me deshago en la monumentalidad, creo haber conocido esta ciudad lo suficiente como para considerarme, al menos, peregrino, que es más que turista y menos que pintor. Porque en Florencia, pintor equivale a habitante a razón de metro cuadrado. Los dibujos y las caricaturas se amontonan como la basura, aunque en un plano distinto, y los óleos se intercambian por esculturas, y las modelos sirven a veinte euros la hora, que también es mucho decir.

El verde del paisaje es seco. Más que el de Hibernalia -Irlanda, la llaman-, que rebosa frescura, rocío y pura lluvia en su extensión. Aun así, la geografía italiana ya me hacía sentir en casa -e incluso más allá- cuando sobrepasaba la llanura Padana, que deja alzarse, sin pedir más explicaciones, a los Apeninos.

Pero el tiempo pasa. Sí, pasa. Transcurre. Y el mundo cada vez más oscuro, y yo terminando libros que se sienten como la pérdida de un apéndice, y aprendiendo qué es un vilano, y que la estulticia no la cura la medicina convencional, sino el abrirse al mundo, y tratando de escribir que, sin éxito, trato de escribir sin éxito, escrib... y sí claro, qué más.

El gato, la copa, la mosca y el zueco. Todo eso, pero en ruso, que así se hace más difícil ser todo eso sin palidecer en el intento. Y los pobres niños pálidos, qué translúcidos quedan. Aunque seguro que el ser translúcido acaba siendo moda. Como sembrar el odio, matar a niños e indultar a los tuyos. Y a quién le importa.

El pensamiento se rompe. Se oye un estruendo que obliga a los pájaros a alzar el vuelo, y de pronto dramatis personae. A Manuel se le arrugan las manos con sólo pensar en envejecer. Puedes entrever cuándo está jugando a imaginarse de viejito porque se marchita rápidamente: su piel se empieza a secar y se siembra de surcos inmensos que sólo desaparecen cuando vuelve en sí. Levanta el vaso, da otro trago y pierde la juventud en pensarse en la vejez.

Teresa dice que ya no escribe como antes, y en lugar de cartas a sus amantes, escribe notas en papel mojado que va dejando por las esquinas del no-mundo, donde se consumen en la inexistencia. Fuma, y se dedica en cuerpo y alma a ya no escribir como antes.

Leonardo se divide en un pensamiento: no puede decidir si la pérdida es lo que mueve la existencia, o si sólo la marca de forma irreparable. Su pensamiento es más rápido que él mismo, y aunque no tiene claro si su pensamiento y él pueden ser considerados dos entes distintos, se cuestiona si verdaderamente hay algo irreparable en éste mundo, o si todo es susceptible de ser recompuesto. Se lamenta por haber confundido roto con estropeado, y ríe por dentro.

Entre todo los personajes que hay en el bar, encuentro una persona: Daniel. Me cuenta su versión de su historia, ojos tristes incluidos:

Arribar a una casa vacía siempre es ecstraño. Incluso cuando la panopla cuelga tendida del ideario que sustenta los tejados, o más aún entonces. Yo de chiquito me bordeaba los idearios, sin echarle cuenta a las panoplas, y ponía a danzar con ritmo descalabrado el tirvo de mi cabeza, que las más veces se acababa palpitando como una campana cuando son las diez más el añadido de que el señor Antonio se murió. A mi me gustaba ir a los funerales de los antonios porque todo el pueblo parecía unido en la tristeza, aunque todos sabían que a ninguno le importaba de verdad: la campana era la única que se agitaba sincera, contemplando impotente la marcha de otro más.

La tele estaba anunciando desorden generalizado con intervalos de caos para el jueves por la mañana, aunque ya avisaba de que la situación tendería a remitir en algún momento, no se sabía muy bien cuál. También informaba de que los lunes se preveían movidos para los procsimos cien años, o hasta que los lunes dejasen de ecsistir, en su defecto. El té estaba frío, e Ignacio había vuelto a perder todas las misas del día, y ya iba para treinta años que lo hacía. El aire se disparataba roto en filamentos de luz. El único sonido audible era la respiración dormida de Ignacio, que había silenciado la televisión. Y el resto no era más que un sueño lúcido.

El tentáculo tercero de la farola descendía con vehemencia sobre los adoquines de la calle Santuario, desde donde la campana se podía ver, orgullosa, guardando su posición. Noviembre quedaba hecho ceniza, y con una copa de vino yo supongo que nos miraba Dios. Me contó que el mundo le parecía a veces una ola de sabores amargos que alguien fuerte y tozudo había hecho bajar por su garganta en contra de su voluntad, y él, que nunca se había considerado frágil, sufría con fragilidad la acidez provocada por esa tromba amarga.

Ni que decir tiene que la vida pasaba. Ya sabes, Adrià, la pputa vida.

sábado

Muchas gracias, por favor.

Es verdad, dice con la voz de niño, y probablemente miente, no por su condición de niño, sino por su realidad humana. Ser niño es probablemente la condición más benigna de todas cuantas nos amenazan. Yo siempre he caminado por la casa encendiendo las luces, por miedo a que la oscuridad trajese cosas que no deseo ver, porque son cosas que me aterrorizarían y me harían pensar que me he vuelto loco. Es verdad, dice con la voz de niño, y ahora estoy seguro de que es mentira.

Repasé en mi cabeza la lista de dinosaurios que me hubiese gustado ser. Cortázar, Borges, García Márquez, Chéjov, Allan Poe. El té estaba listo, no tuve que colarlo, pero me valía así. Le añadí un poco de leche. Me hizo pasar a su despacho y viéndome revolverme inquieto sobre mis piernas dijo vamos, siéntate, que no pasa nada. El despacho estaba hecho de humo y pare usted de contar: el humo de hacía décadas era aún visible en éste y aquél rincón. La profesión de éste hombre es fumar, pensé, y me debió de hacer gracia porque me preguntó que de qué me reía, y yo miré para el suelo, sólo para ver cómo mis pies no tocaban el suelo y pensar que espero crecer porque como me quede así todos se van a reir de mí. Encendió un cigarro, lo que, estimé, le valió, al menos, quinientas pesetas de su sueldo. Después abrió una carpeta roja muy poco abultada, y dijo mi nombre y apellidos en voz alta, a lo que yo respondí corrigiendo la mala pronunciación y él oh, perdone usted, señorito.

Me hacía preguntas poniendo mucho énfasis en los puntos de interrogación, como si de verdad sintiese la necesidad de dejar claro que no estaba afirmando nada. Me preguntó ¿¿¿y tú qué quieres ser de mayor??? y entendí que por eso estaba en su despacho. Porque los adultos quieren saber qué pretendes ser de mayor, y en función de tu respuesta, juzgarte capaz o incapaz para ello, y abrirte o cerrarte puertas. Es por eso, y porque quieren saber si vas a ser un miembro productivo para la sociedad, porque tienes que serlo, porque no querrás ser músico, o escritor, ¿verdad? Y yo no, claro que no, yo quiero ser...

yo quiero ser dinosaurio, y de los grandes. ¡Augghghrhrrr! -rugí, legendariamente-.

... médico, o algo así.

A partir de entonces, cada año nos preguntaban lo mismo. Uno por uno. Nos metían en aquél despacho cancerígeno y el señor Ruz decía nuestros nombres y apellidos en voz alta y después nos preguntaba cómo nos adaptábamos, qué habían estudiado nuestros padres y si leíamos en casa, y luego y tú qué quieres ser de mayor, entre seis signos interrogativos, y ten siempre una buena respuesta a mano porque si no, el señor Ruz llama a tus padres y les dice que no tienes perspectivas de futuro, que mejor te pongan ya a trabajar, que no vas a ser útil. Carpintero, dije el tercer año, y la nube de humo blanco hizo una mueca de desaprobación que me devolvió a la mentira del médico de los dos años anteriores. Por aquél entonces no, pero luego sí supe que era afortunado, porque yo no tenía al señor Ruz en casa, y muchos otros niños sí: los padres de algunos de ellos ni les preguntaban qué querían ser de mayor, sólo decían tú vas a ser abogado y hablarás en francés y bailarás a la pata coja cuando yo lo diga, y sansacabó. Y yo podía ser lo que quisiese. Cualquier cosa. Cualquier cosa menos muchas cosas. Porque por entonces, aunque muy primitiva y velada, yo empezaba a desarrollar una conciencia de clase que me decía, primero, que no iba a estar solo, y segundo, que había muchas cosas en el mundo que no podría ser, por mucho que me lo propusiese. Cuánta verdad había en mi pensamiento sólo lo descubriría con el paso del tiempo.

Al final, después de los seis años que pasé allí, comprendí que al señor Ruz no le pagaban por fumar, no. El señor Ruz era el pastor de aquél rebaño, y nos iba llevando -o él creía que nos iba llevando- por donde más nos convenía -o él creía que más nos convenía-, y a veces también era el encargado de darnos algún que otro mordisco por díscolos y displicentes, que es una palabra que Jorge encontró en el diccionario un día, durante la clase de lengua, y cada vez que salíamos del despacho del señor Ruz nos preguntábamos cómo había ido, y respondíamos muy bravos, he sido muy displicente, y todos nos reíamos en un corro que estaba lleno de médicos, de abogados, presidentes del gobierno y jueces, pero que lo estaba en realidad de astronautas, estrellas del rock, escritores y un dinosaurio colosal.

A casa seguían llegando cartas de desahucio, de embargo, de impago, de último aviso, de venga no llores que volvemos a empeñar los collares, y sólo queda el de perlas, y no lo quiere nadie, y todo lo demás está ya allí, y ahora qué vamos a hacer, y tendremos que irnos a vivir debajo de un puente, que es el plan y la amenaza de siempre. No creo que el señor Ruz creyese nunca que yo quería ser médico. Puede que por eso siempre me preguntase ¿¿seguro?? con cara de ¡ay, pillín! Ojalá pudiese decirle ahora al señor Ruz que yo quería ser dinosaurio de los grandes, y ojalá eso pagase las facturas.

Me miré los pies, bien puestos en el suelo. Los números en la pantalla negra pasaban con una lentitud exasperante. Como todo en la vida, pensé. El número tres en color rojo digital se convertía en cuatro con la facilidad con la que se convertía en cinco y así en seis y en siete y todo lo demás. Por fin llegó el ochenta y siete. Me senté en la mesa y buenos días qué desea. Era un despacho insulso. De hecho, era una mesa, sin paredes. Eran muchas mesas en una habitación muy grande, y en cada una de ellas había un buenos días qué desea que ni te miraba a la cara, porque para qué tratar de personas a las personas, si en el mundo en el que vivimos todo importa una mierda. Número de afiliación. Número de carné. Número de teléfono. A partir de ahora le llamaré 0000087, si no le importa, le vi decir en una ensoñación. No, no me importa, para qué me va a importar. Entonces me preguntó ¿y en qué le gustaría trabajar? y me miré los pies. 0000087, ¿en qué le gustaría trabajar?, repitió. Rugí en mi interior: el dinosaurio quería salir y decirle yo quiero ser dinosaurio, y de los grandes, e irse de allí poniéndolo todo patas arriba, dejándolo todo hecho un desastre lleno de vísceras a las que no sabría poner un nombre porque al final

- Médico
- ¿¿Estás seguro?? ¿¿No me estarás engañando??
- No. Es verdad.

De cualquier cosa, señorita. Por favor.

jueves

El desguace



Le dije que no, que no se acercara. Que no me gustaba la forma en que me iba a mirar; que no me apetecía la forma en la que me miraría y yo no sabría qué cara poner, y preferiría estar en cualquier mazmorra abandonada donde otra injusticia en otro siglo -como siempre- que quedarme con los ojos nerviosos a la deriva, haciendo evidentes todas mis faltas, punto por punto, desnudas como una regresión. Pareció leerme bien los labios arrugados en la cara, y se quedó tan quieta como un nogal, respirando el silencio que yo había dejado. Sus pies estaban clavados en las baldosas, que, cenicientas, otro siglo seguían como siempre. Quise entonces -porque querer es siempre algo que hago sin darme cuenta- tirarme a sus pies y mirar de rodillas su inmenso cuerpo de nogal, con cuya madera construiría la cuna de nuestros hijos, que no nacerían nunca porque no somos tan crueles, y levantarme entonces con los ojos en lágrimas, y dárselas a beber a sus labios de violeta que nacen caudalosos. Pero no lo hice: también mis pies estaban quietos en las baldosas, convencidos de haber llegado a casa -por mí y por todos mis compañeros- y de estar salvos y sonados, que es casi como los ingleses se salvan de la muerte y de cualquier otra desfortuna inevitable.

No había rareza en mis ojos, sino escrutinio; inquisición. Curiosidad. Si acaso búsqueda; eterna, infinita e interminable búsqueda, que es la más común y lastimera de todas las búsquedas, y sin embargo la más hermosa. Yo quería ver si en ella aún estaba ella: si ella seguía siendo de ella, ó, si por el contrario, se había dejado ir. Porque, como le conté a Miguel, dicen que hay un angelito que cuando uno ya no quiere ser él, viene y lo recoge en pedacitos, de a varios viajes, y lo lleva no sé a dónde, donde lo desmontan o venden sus trocitos... y todo por no querer ser. Yo, la verdad, no lo sé. A mi me gustaría a veces acariciar las nubes, y es lo más cerca que mis pensamientos están de angelitos. Y, bueno, me preguntaba si tal vez ella se había dado para dejar de ser. Y busqué, y mi búsqueda iba en sus ojos oscuros como una taladradora que no entiende qué es el hormigón, y por eso sigue hacia adelante, a través del aire. Y ahí sí: ahí sí que temblé, estremeciéndome y arrugándome y hasta retrotrayéndome, que es algo que a veces pasa y otras no, pero que cuando pasa, ¡agárrense!

No, no es cierto que esté muerta y todo lo demás. Lo que pasa es que se está buscando. O que ya se ha encontrado y aún no me ha mandado su nueva dirección postal. O que no se contenta con ser y ya no tiene las cosquillas donde antes. Y ojalá yo se las pudiera encontrar. Y ya sabes... todo lo demás.

Le dije que no, que no se acercara. Que me gustaba cómo le sentaba la distancia: la forma en la que le doblaba el tronco de nogal.

miércoles

Las estanterias de abajo



Tanto mudar la piel
se agrietan los huesos
tanto boli, tanto papel,
y tan pocos versos.

2013.

9-7-14

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer besar el campanario.

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer casarme con unos ojos tristes.

Pero mejor será no hablar de besos,
ni de casamientos; ni de ojos tristes,
y mucho menos de lo que ya no puedo hacer.

Lo malo de recorrer la vida de uno es
precisamente eso.

jueves

Pelador de patatas

Todavía no he aprendido a sujetar un paraguas,
ni a reír cuando no hay nadie mirando;
aún pelo la patata llevandome la mitad de su carne
-y casi la mía-,
y, aunque a veces es cierto que duermo mejor solo,
me hace gracia que, despues de tanto tiempo,
aún no haya aprendido a dormir sin ti.

Será que soy lento aprendiendo,
o que sujetar un paraguas me dejaria seco por fuera,
y aprenderme tu ausencia me secaría por dentro,
y lo de la patata... bueno,
eso será que sigo siendo el mismo desastre de siempre.

Paseando por la vida

No vamos a cometer los mismos errores,
porque eso sería vomitar en los aeropuertos,
decirte que te quiero antes del primer hola,
y ser demasiado de lo que llaman nada,
sentado en unas escaleras, robando poemas al vecino.

No vamos a cometer los mismos errores:
no vamos a robar macetas en mitad de la madrugada,
ni a esconder relojes en el techo -con la alarma encendida-,
ni a frenar con el izquierdo cuesta abajo,
y a quedarnos sin aire, ¡y milagro, ventolín!

No vamos a ser tan gratuitos, ni tan predecibles;
no nos vamos a dejar hacer sólo porque al otro le apetezca;
no vamos a robar cascos a otras motos,
ni a dejar la vuelta abierta.
No. Nunca más.

No. Y si son mil veces "no" será,
no porque nuestro plural esté agotado de ser,
sino porque todos esos "no", tan de dos letras,
tan redondos y rotundos y llenos de seguridad,
supondrían que, al fin, nos aceptaríamos derrotados,
y acabaríamos teniendo sólo asco en las bocas,
murmurando miedo y siendo una sola arruga,
que al unísono balbucearía:
"mira, ya vuelven a ser las diez,
ojalá nos lleve pronto".

lunes

Adiós muchachos.

Te veo,
mujer de alas de papel,
copia infinita
de mi,
presencia que no termina;
infierno.
Te veo
fallida en tu vuelo
levantar las caderas
como redención
siquiera eres para mi
y aún así,
amor.

Y a cuestas
siempre
con dos cuerdas
un saxofón.
Adiós,
ligera de mi vida,
adiós.

miércoles

Qué suerte



Pudiera parecer que no ha pasado el tiempo,
que sólo nos hemos movido en el espacio,
como plumas sin voluntad en un día de viento.
Pudiera parecer, como tantas otras mentiras.

Pudiera parecer que ésta noche la vida sigue,
pero lo cierto es que se ha detenido
en los posos del recuerdo
con que esta copa de vino juzga
el tan intenso, tan fugaz, ¡el tan celebrado!
camino transitado.

Qué suerte el tener amigos, y familia,
y una cabeza con algo más que serrín;
qué suerte que me devolvieran
todo el amor que di.

Qué suerte tuve al poder crecer entre montañas,
rodeado de animales, amasando pan; cogiendo tomates,
jugando en las eras; pedaleando sin descanso,
creyendo en la magia.

Qué suerte tener a mi madre,
que me hizo y me protegió;
qué suerte la mía, que aterricé en Granada
y allí me fui haciendo un poco menos pequeño,
por no decir mayor.

Qué suerte la libertad, pese al miedo y la locura;
las borracheras, los amigos:
qué mala suerte mi primera novia,
y qué regalo me hizo la vida con mi primer amor.

Qué suerte doble los amigos,
y qué mala suerte que algunos se fuesen
de dos en dos.
Me emociono por los que quedan
y dejo la puerta abierta a los que no.

Qué suerte todo lo que me han amado,
todo lo que he vivido,
y todo lo que aún no.

Qué suerte ser consciente de que el tiempo pasa
y poder agarrarme a cada momento con fuerza,
aunque luego llore como una madre al verlos marchar.

Qué suerte las segundas oportunidades,
y qué suerte la mala suerte de poder fracasar.

Qué afortunado me siento de tener tanto que agradecer.

[Para mis padres, para mi familia y para mi familia de amigos. Para todas las personas a las que quiero. Gracias, todos vosotros sois esa suerte de la que hablo. Todo mi cariño].

De fotos viejas e inmortalidad

Hay una foto vieja, aunque quizás no tanto
en la que aparece un niño con una bicicleta,
que bien podría ser una niña con coletas,
donde tú medio sonríes sentada en una puerta
cuya madera bien podría ser metal,
aunque de eso estoy seguro: no lo era.

Los pantalones negros, como la camiseta,
como todo el resto, excepto el alma,
y los labios, que son del color de las violetas
y tú silvestre objetivo de mis ojos y recuerdos.

Hicimos otra en la misma puerta
sin ti, solo con la puerta,
y sin la niña-niño,
y la puerta, te digo, parecía haberse quedado triste
como el cielo en los pazos
de aquél ganadero viejo
allá por la otra España.

Es cierto que no recuerdo nada,
excepto el nombre del pueblo,
la bicicleta, la puerta y todo lo demás,
pero mi memoria tiene bien guardada
esa cara tuya, de en las fotos, no saber adónde mirar.

Esa vieja foto, temo no saber dónde está,
al igual que no recuerdo, en fin,
todo lo demás.
...excepto cierta casa azul
y los veranos que ya
no volverán.

Resemblance

Yo me mataría en tu boca si eso me diese un momento de paz. ¿Has visto lo negro que está el corazón de las personas? Si al menos no estuviese también vacío, podría servirme de consolación, pero cada día los cementerios ganan más espacio a las ciudades y se nos derrite el ser. Ciudades cementerio: por fin ha llegado el momento que todos esperábamos, ese en el que los muertos andan entre los vivos con normalidad. Nadie parece advertirlo; su impunidad es alarmante para los que conservan trocitos de vida. ¿Se trata de vida, o de humanidad? Dependerá de la definición de humanidad. Eso no es más que otra escala de valores, una de tantas y para de contar.

La complejidad nos rodea en todas sus formas, y aunque sólo la identificamos en los objetos tecnológicos, el diseño natural guarda una complejidad aún más intrincada a la que siquiera nos atrevemos a asomarnos por miedo a que nos haga sentir terriblemente estúpidos. Todo a nuestro alrededor es pura complejidad: desde la primera gota que cae al otro lado de la ventana hasta la última, que se rompe en tu cabeza, ya despojado del pijama. Que sea la gota la que se rompe y no tu cabeza es solo cuestión de suerte. Aleatoridad. Y ciencia, claro. El que niega a la ciencia está negando también la inteligencia, aunque bien es cierto que el que busca en la ciencia la respuesta al terrible vértigo del simple roce de sus labios está negando la poesía, y con ella la felicidad. No se trata tanto de encontrar la respuesta como de dejar que la poesía conviva con la ciencia.

Por eso, porque no sé si mañana estaré vivo; porque veo los manzanos florecer y me asombro del poder de la vida brotando ajena a los escombros que crecen de sus hijos, es por lo que escribo que yo me mataría en tu boca si eso me diese algo de paz. Porque siempre te escribo a ti; a ti como la mujer concreta, abstracta, de éxito y fallida que eres. Como la enorme, no ya dualidad, sino multiplicidad que eres. Como -y mis palabras siquiera se acercan a describirte; y jamás lo que sigue ha sido utilizado con tanta justicia para definir a alguien- el violento volcán que tu cuerpo guarda. Siempre te escribo como eso, pero también como la parte más sagrada de mis recuerdos; la que no dejo que arrastre el tiempo mismo, y a la que me aferro no sin miedo. Y te escribo a ti porque sé que sólo a tu lado ver los manzanos florecer sería más bonito, e igual de bonito que tiritar hasta desgastar los dientes.

Yo moriría, que es mi más grande guerra, en tu boca y aún así eso me daría un momento de paz. Esa es una de las muchas complejidades sobre las que te escribo, aunque muy probablemente no me estés leyendo.

Sin título

Se mueren trozos de nosotros,
parte de nuestra historia,
no-fantasmas que abrazábamos en fotos,
pedazos del corazón,
y qué tristeza, que se hace aún peor en soledad.

... y dime,
quién no inventa fantasmas,
quién se siente suficiente como para olvidar,
quién escribe como antes,
y quién no se sabe marioneta.

Quiénes somos

Todos mis hijos se llaman niebla
y tienen los pretéritos hechos de la carne
de la misma estrella,
que se duele por aquello de que
le duele estar muerta.

Todavía, nunca y siempre he aprendido a barajar,
ni a hacer monasterios de los castillos en el aire,
o a saber perder:
la vida parece a veces una jugada desesperada,
y por eso es todavía, nunca y,
ojalá.

Pero basta de lamentos: hagamos niebla
aún que todavía, nunca y siempre te duele estar muerta.

martes

En cuenta.

Hay que tener en cuenta el mundo en el que vivimos
-aunque él no nos tenga en cuenta-.

Nos vamos muriendo, sin orden ni concierto,
y sólo pido no empezar a enterrar amigos
cuando siquiera sé cómo enterrar recuerdos.

Voy dando patadas a piedrecitas,
redescubriendo la tristeza,
imaginando ser un árbol,
no cabiendo en los carteles luminosos.

Tirito como una amapola que niega al invierno;
abro la nevera y encuentro que no somos los únicos
que vamos muriendo.

Me coges por sorpresa:
me siento un niño puesto a prueba.

Todo lo demás no me lo tengas en cuenta.

lunes

viento


En el viento va la vida. La vida es el principio; ese principio marca el inicio de la existencia, y antes de él no se está muerto, sino que se es inexistente. Uno no imagina ser vida en el viento antes de ser semilla en el vasto universo. Uno no imagina nada hasta que comienza a hacerlo, y entonces, de a ratos, fantasea con su inexistencia; se preocupa por ella e intenta ponerle remedio. Pero no hay remedio para el no ser: lo hay para el ser, que es, precisamente, el no ser. El viento es. Y dicen que lo que es, no puede no ser, pero a veces saco la cabeza por la ventanilla, como un perro con pinta de bobo adorable, y dudo de la veracidad de esa afirmación. Dudo hasta el punto en el que me vuelvo duda, y es entonces cuando veo eso de que la energía se transforma, porque yo mismo me he transformado: he dejado de ser un perro con pinta de bobo adorable y ahora soy duda.

Los viejos del pueblo saben más que cualquier charlatán de feria. Ellos saben que, más temprano que tarde, no podrán transformarse en duda, ni tampoco en paradoja, y aún así saludan con sus manos arrugadas y bajan sus cabezas sólo para volverlas a subir cuando paso con la bicicleta. A veces paro y algunos de ellos pregunta: "¿y tú de quién eres?", y antes de que yo pueda convertirme en respuesta, otro le dice: "¡éste es de las eras!", y remata con un: "¡de los madrileños!". Entonces sigo mi camino, que es plano y lleno de calma tensa, y cuando vuelvo a aquél banco de piedra en el que están sentados, han pasado diez años y están todos muertos. Han dejado de ser: se han rendido, y eso es imperdonable. "¿Y vosotros de quién sois?", les pregunto al rastro de sus sombras, y aunque no responden, veo a través del silencio: "¡de la muerte!". Son ya de la muerte y de la tierra y de los árboles y de los gusanos. Y yo ya no soy con la bicicleta, sino que soy superviviente. El pueblo tiene menos viejos y hay más charlatanes. Salgo de él: me llevo mis bártulos. Soy viento: transporto mi propia vida. También soy caracol.

Las montañas se desdibujan según me alejo. Cruzo el desierto, donde el viento no lleva vida, sino que se limita a ser viento, y dejo una parte de mí sobre una enorme mesa de mármol que Hércules en persona dispuso. Me acerco al oído de una amapola (a-m-a-p-o-l-a) y guardo silencio. Me convierto en aprendizaje. Pasa el tiempo: el viento viene y va. A veces creo que arrancará los cimientos de la casa y que nos matará a todos. De eso es de lo que habla el televisor. Después guardo luto, y pienso que la muerte es el alimento de las galaxias. Me detengo, me miro y digo: "ésta es mi vida". Es cuando reparo en ello cuando también lo hago en que en el viento va la vida.

Me transformo en viento: es mi último intento de ser pura vida.