martes

Le Havre, Hopscotch, o la muerte sin más



Abrió la puerta en pijama, como quien recibe a un amigo de toda la vida, y me invitó a subir. No sonrió, ni hablamos mientras subíamos los tres pisos. La puerta del apartamento estaba abierta. Atravesamos un pasillo con puertas blancas a ambos lados, todas estaban cerradas, excepto la última del lado siniestro: la suya. Pasamos al salón, donde había dispuesto una botella de vino “Le Havre” -¡como la película!, pensé- y dos pequeños platos con patatas fritas y galletas. Se sentó en el sofá, un sofá negro de cuero que rodeaba una pequeña mesa de madera, y, tras deshacerme de mis dos abrigos y bufanda, yo también me senté.

Nos habíamos visto una vez antes, en una fiesta, allí mismo. Aquél día había mucha gente y apenas intercambiamos una palabra, pero fue la mejor anfitriona que he tenido, siempre atenta y complaciente, y quise hacérselo saber, así que le escribí un correo al día siguiente dándole las gracias por todo. Algunos días después ella me escribió a mi, diciendo que no entendía la muerte y que se iba a volver loca. Quedamos en que alguna vez tendríamos que hablar de ello con una copa de vino en la mano.

Descorché la botella, no sin dificultades, ya que mis manos estaban heladas. Ella observaba atenta mi falta de habilidad, lo que hizo que yo me negase a dejar esa botella cerrada un minuto más -de lo contrario, tendría que irme de allí con el rabo entre las piernas, preguntándome por qué nadie me enseñó nunca a abrir una botella de vino, y por qué tendría nadie que haberlo hecho, cuando no requiere más que dos manos y una mínima fuerza-. Para mi alivio, conseguí abrir la botella, pero no pude evitar quejarme de lo que me dolían las manos a causa del frío combinado con el esfuerzo, y mientras me decía lo sensible que era, sirvió dos copas.

Di el primer trago, dejé el vaso sobre la mesa y le pregunté: “¿Bueno, y qué opinas sobre la muerte?”, me respondió que no era forma de empezar una conversación, y que lo adecuado sería empezar por un “¿qué tal el día?” o algo parecido. Concedí la observación y comenzamos a hablar. Me dijo que había leído a un autor español, pero que no recordaba el nombre, y que el título en inglés era “The Dust”. No conseguía localizar el libro en mi memoria. Pensé que, tal vez, en español el título sería distinto. La asesina de incógnitas de nuestro siglo que es la tecnología se encargó de despejar “x”, y resultó que había leído “Niebla”, de Miguel de Unamuno. Comenté lo mucho que me gustó cuando lo leí y le conté que mi bisabuelo opositó a la misma cátedra que Unamuno, y que ocupó un sillón en la Real Academia Española, y también relaté, tan fidedignamente como me fue posible, el episodio con Millán-Astray y la intervención de Carmen Franco para salvar el pellejo de aquél sumo sacerdote bilbaino-salmantino. Ella parecía interesada y empecé a divagar sobre todo un poco, que es un mal vicio que tenemos algunos cuando se nos deja ir. “Regeneracionismo”, “Cuba” y “Joaquín Costa” fueron el movimiento, la isla y el nombre que salieron de mi boca en aquél terrible divagar.

Hizo un comentario que me llamó la atención, y le pregunté la edad. ¿Veintiséis?, inquirí. Su cara era indescifrable, excepto cuando sonreía, pero sabía que me había acercado. ¿Veintisiete?. “No te lo quiero decir”, respondió contrariada, “¿acaso importa?”, preguntó con firmeza, haciendo retroceder mi valentía. “No”, concedí de nuevo.

Era bastante más alta que yo. No tenía un cuerpo llamativo, pero su cara invitaba a la conversación, y una vez en ella, su actitud errante, a ratos cálida, a ratos perdida, te envolvía en curiosidad y en la dulce sensación de estar con una amiga. Creo que la mezcla explosiva estaba en su parte rusa más que en su parte alemana, aunque he de reconocer que ambas suscitaban mi envidia: por un lado Tolstoi, por el otro Nietzsche. Quién pudiera.

La conversación se hizo cada vez más intensa, que es lo que suele ocurrir cuando se adereza con vino tinto, francés o de cualquier parte. El inglés nos ponía obstáculos de cuando en cuando, que acertábamos a superar con descripciones, dando un rodeo a los verbos que uno u otro no conocíamos. Resultó que los dos eramos escritores. “¿Eres buena?”, pregunté. “Quien me ha leído dice que sí. Tengo un profesor que me apoya, y que alguien que ha leído miles de libros y que dedica su vida a la literatura crea en ti hace mucho”. Me gustó la respuesta, y le comenté que yo también tenía uno de esos apoyos. Creo que, en ese momento, los dos fuimos conscientes de lo trágico de la situación: ella nunca podría leer lo que yo había escrito tal y como lo había escrito, y yo tampoco podría leer su obra tal y como ella la había concebido. Bebimos por lo triste, y también por todo lo que no lo era.

Ella habló de su padre, yo del mío. Ella habló de sus relaciones, y yo hablé de las mías. Le dije que sólo había sabido estar solo durante dos años desde los quince, y preguntó: “¿Los últimos dos?”. Decir que no fue la tercera concesión, y volvió a preguntar: “¿Eres feliz?”. Sí, no, y todo lo contrario, vine a decir, y me perdí en analizar mi situación, algo que ella supo soportar con entereza. Yo hablé más que ella, y cansado de escucharme comencé a hacerle preguntas. Entre sus respuestas dejó ver sus veintisiete, casi sin intención. A veces entristecía súbitamente, como si en cualquier momento fuese a romper a llorar, y otras solo se esforzaba por dar una respuesta justa, pero muchas respondía con otra pregunta, como si se sintiese atacada, y al tiempo que elevaba la voz en tono hostil, me clavaba dos esferas de un azul que me hubiera arrebatado el alma si lo hubiera pretendido. En un par de ocasiones me hizo sentir un animal acorralado, culpable de no sé bien qué, y en algún punto del interrogatorio, con especial violencia, me preguntó por qué le hacía tantas preguntas. No sabía hasta qué punto su forma de ser estaba condicionada por el lenguaje, pero recordé que al comenzar la velada habíamos coincidido en que no proyectábamos nuestra verdadera imagen porque no nos expresábamos en lengua materna.

Me encontré en muchas de sus miserias, en su infancia y en sus palabras. Empezaba a pensar que estaba hablando conmigo mismo. Retomé “Niebla”, y le pregunté si había leído algunos libros que a mi me encantaron, como Rayuela. Con la ayuda del ordenador averiguamos que era “Hopscotch” en inglés, y “Himmel und Hölle” en alemán. Me preguntó sobre la temática, si era una historia de amor, y le dije que sí: que había dos formas de leerlo, que se desarrollaba, en parte, en París, alrededor de un grupo de amigos que se reunían para fumar, escuchar música, hablar de la vida, de la muerte, y de literatura. Empezó a reír y entonces caí en la razón. “¡Nos faltan los cigarrillos!”, dijo. Me habló de Albert Camus, alrededor del cual versaba su tesis, y en algún punto tomamos una intersección que nos llevó hasta Freud.

La muerte acabó llegando sin necesidad de forzarla, como es su costumbre. A ambos nos aterraba, y los dos queríamos sentir una vida eterna. La muerte nos había unido en una preciosa conversación en la que ella decía que había dejado ir mucho tiempo, que sentía que se acercaba a un abismo. Empezó a hablar realmente fuerte. Miré de reojo la botella, a la que le quedaban dos tragos, y escuché cómo decía que quería vivir doscientos años, y sólo cuando estuviese harta, estaría dispuesta, con condiciones, a morir. “¡Quiero tener veintitrés años durante tres años, veintidós durante dos, veinte durante cuatro! ¿Por qué sólo puedo vivir un año de cada año? ¡No es justo!”. Su planteamiento me sorprendió, y me pareció lícito. Sí, ¿por qué no? Así es como tenía que ser.

Hablamos más sobre la vida que sobre la muerte, supongo que porque ninguno de los dos se sentía con el derecho de estropear la noche del otro, pero la de la guadaña no nos faltó entre los vinos, e incluso gráficamente gusanos, cenizas y la eterna nada asomaron a nuestros compungidos rostros, que se hundían cada vez más, a medida que la negritud avanzaba, cayendo hacia el suelo, camino a una depresión relámpago.

- ¿Mañana tienes clase? -preguntó, mirando el reloj-
- Sí, a las nueve. ¿Qué hora es?
- Las dos
- ¡¿Qué?! ¿En serio?
- Sí -rió-
- No puede ser. Mejor me voy yendo.

El vino se había acabado hacía al menos una hora. “Tiene que hacer frío fuera”, dijo, casi tiritando, pues la calefacción centralizada se había apagado hacía ya rato. “Sí, pero soy una cebolla”, contesté mientras me ponía el jersey y los dos abrigos. Nos deseamos buenas noches y nos despedimos con un abrazo muy alemán, cuando mi cerebro aún dudaba entre los dos besos y el estrechamiento de manos.

Bajé las escaleras y me adentré en el noviembre de una Irlanda que ya empezaba a helar. Las lunas de los coches titubeaban gélidas, con una capa de hielo considerable, y no eran las únicas. Cuando llegué a casa no pude evitar pensar que algo importante en mi vida había sucedido aquella noche, que había descubierto algo que no lograba identificar, pero algo.

Al día siguiente conseguí despertar a tiempo para mi clase de la mañana y por la tarde nos volvimos a escribir. “Soul brother”, dijo, para referirse a mi. Entonces supe que eso era lo que la noche anterior había sentido, ese “algo” con el que no daba: había encontrado una “soul sister” que podía leer a Chéjov y a Kafka sin pervertirles ni un susurro.

(noviembre 2013)

Vestido de gris soviético




El torrente de sensaciones me desbordó. No sabía si darme a la rabia, abandonarme a la tristeza, dejarme ir con la impotencia o si quería pegarme con las tres hasta que sólo uno de los cuatro quedase en pie.

Hay quien dice que cuando uno nace, sus ojos desprenden un brillo cristalino, una inaudita claridad que se va perdiendo a medida que se crece y que se recupera sólo a las puertas de la muerte. Supongo que, si eso fuera cierto, nuestros ojos podrían ser considerados tierra virgen que se va perdiendo hasta convertirse en una ciudad soviética que, al final, se derrumba, dejando tras de sí polvo gris.
Pensaba en esto y en lo injusto del diseño que hay en que uno no pueda llorar su propia muerte, aún estando seguro de que querría hacerlo desconsoladamente, y entonces me vinieron a la cabeza todas las cosas que no se pueden hacer aunque se deseen, y el diseño se me antojó más absurdo que injusto, y después tomó forma de farsa tragicómica, que, al final, es de lo que se trata. Pensé en los lobos que en manada se guardan las espaldas, y en los albatros, que llegan a conservar la misma pareja sexual durante cincuenta años. Pensé en que los lobos se comerían a los albatros y que con ellos alimentarían a sus cachorros; tragicomedia sin lo cómico, y puede que también sin lo trágico, simplemente con la vida como es. No sé por qué pensé en todo eso.

Subí los escalones, las paredes estaban pintadas en un blanco uniforme que pocos favores hacía al ánimo. No me atreví a pasar la mano por la barandilla: la asepsia del lugar lo era sólo en apariencia, y sabía que tendría que bañarme en lejía si decidía dar a mis pasos un apoyo añadido. Unos quince escalones después, una señora entre
distraída y llorona se chocó conmigo, evitando disculparse después, supongo que porque consideró que el choque no había sido lo suficientemente fuerte como para hacerlo. Ninguno lo es, si no requiere puntos o hay que llorar a un muerto. Me acerqué a la puerta, en la que un horario de visitas dictaba las reglas de ese mundo casi paralelo, ajeno al discurrir del regular, y mudamente esperé a que se abriese.

Creo que si los hospitales son un mundo paralelo, las llamadas “unidades del dolor” son realidades paralelas a su vez; es decir, lo son por duplicado, y creo que es porque allí nada que no sea sobrevivir importa. Una guerra puede estar librándose al otro lado de la ventana, y ni quien sufre en la cama, ni quien lo acompaña, se inmutará. Ambos tratan de sobrevivir, están inmersos en otra guerra, en una clase distinta y al mismo tiempo igual de tragedia. La puerta no se abrió, erré al considerar que era automática, y lo descubrí cuando la señora que casi me devuelve escaleras abajo
la empujó, entrando en la unidad de respiratorio.

Tenía una vaga sensación de haber estado antes allí: pasillo a la derecha, cuarta puerta a la izquierda. Pero no, no había estado nunca allí: había estado tres plantas más abajo y en otro hospital, donde los pasillos son laberintos para la gente que ha perdido el juicio, y donde los carteles en la puerta no fijan los horarios de visita, sino las prohibiciones durante la misma. 


Me fui, volví al día siguiente. Así pasaron cinco días. Cuando tenía un hueco libre entre clase y clase, probablemente entre la tozudez de Felipe II y por qué Campoamor votó que sí y Kent que no, bajaba la inmensa cuesta -sobre todo si se enfrenta desde abajo- que separa Cartuja del resto del mundo, y en poco más de diez minutos estaba allí, en esa habitación para tres, donde hacía demasiado calor porque existía el riesgo de que alguno se constipase y muriese.

Luego volvía a subir a mi templo, que pese a ser un bloque de cemento guarda una belleza que difícilmente se puede explicar, y al borde del colapso volvía a la habitación de los tres mosqueteros, que a veces eran dos, cuando alguien conseguía, felizmente, el visto bueno para regresar a casa.

El sexto día la maniobra fue distinta, y en lugar de girar el pasillo hacia la derecha, seguí recto y, pasando el mostrador de información, abrí la primera puerta a la izquierda.
La razón de tal cambio fue la comodidad del resto de los mosqueteros. Esta habitación era de uno. La ventana era poco menos que un tragaluz, de modo que no se podía ver nada, y aunque se hubiese podido, estaba orientada a la fachada donde coinciden todos los extractores de aire, de modo que tampoco hubiese marcado una diferencia. 

El séptimo día fue el más largo. Entré en el hospital, subí las escaleras sin querer tocar el pasamanos, abrí la puerta, recorrí la estancia y llegué a la habitación. Llevaba un libro en la mano, que dejé sobre la cama. No había nada distinto: el ambiente no estaba enrarecido, el personal sanitario seguía viniendo con normalidad, la comida se quedaba siempre intacta encima de la bandeja -cuando mi madre, que pasaba las noches allí, no se la comía- y todo seguía siendo frío y absurdo. Todo olía a morfina, o eso me parecía. Me recosté sobre una de esas extrañas sillas que hay en los hospitales, cuyo inventor dedicó tanto esfuerzo como le fue posible en hacer incómodas, y de nuevo comencé a pensar, pero nada concreto surgió, sólo fragmentos de ideas que por sí mismos nada decían. Cogí el libro, me acerqué a la cama y comencé a leer en voz baja, sintiéndome entre avergonzado y estúpido. Avergonzado por leer, estúpido por leer a alguien que casi con toda certeza no podía oírme.

Leía porque era el libro adecuado para hacerlo, y Malaquides, quien otros conocen como Melquíades, empezó a revolucionar una pequeña aldea con magias de otros mundos. En la página quince, puede que en la dieciséis, dejé de leer. A mi lectura siguió una visita del enfermero, y después un In Articulo Mortis en el que la habitación para uno se hizo para ocho y dos testigos, y la cordial visita de una mujer, a la que, tras las pertinentes salutaciones, ante el hecho de que no tenía la más remota idea de quién era, acerté a preguntar, no sin reparo:

-
Disculpe, ¿es usted monja?

Ante lo que respondió, algo contrariada:

- Sí, estoy casada con Dios.

Volví a casa a las doce de la noche, llovía, el trayecto en coche se hizo pesado. Algo me pesaba en el pecho, aunque no podría decir si era un peso nuevo, o si llevaba conmigo una semana. Al llegar a casa recibí una llamada y regresé al hospital, sólo para confirmar que la Guerra Fría había terminado.
Pronto quedaría sólo polvo gris.

(noviembre 2013)

Mis monstruos



Nunca he dejado morir a mis monstruos
que los mantengo a pan y agua
con poca o ninguna luz
en rincones recónditos
donde no llegan miradas extrañas,
conocidas, ni la mía siquiera
y así me engaño
y me digo que los monstruos
hace tiempo que fueron enterrados.

Quisiera tener control sobre el tiempo
que el calendario bailase a mi voluntad,
detenerme en los otoños
en los que mis ojos piensan
y mis manos escriben sin cuartel.

Mis monstruos hace ya tiempo
que no me dejan vivir
y empiezo a pensar que ya no soy yo
quien decide si viven o mueren.

Quemar las naves



Tengo los horarios tan cambiados que en las tardes coqueteo con mi niñez y en las noches me quedo viejo y seco como el más anciano de los árboles. Claro que en Irlanda la tarde y la noche son una sola larga sombra que juega a tensar y destensar la piel, hasta que ésta se agota y, rendida, dice se acabó.

Afirmaba un buen amigo mío que él nunca tuvo buenos amigos, y por ahí está la condenada unilateralidad de todo cuanto recuerdo, desde el amor que nunca dejó de serlo, hasta una incansable fidelidad hacia los vasos de tubo, o el bolígrafo mismo. Ninguno respondió con la misma dedicación que yo les profesaba, y más bien trataban de expulsarme del oficio -del de alcohólico y del de escritor- rechazándome sin medias tintas. Si escribiese que nunca he aspirado a nada, mentiría. Y en toda mentira hay una aspiración, por oculta que esté.

“La realidad en monodosis y los sueños con cadenas. Así podrás soportar la vida, y te despertarás cuando alguno de tus sueños empiece a moverse”. Eso es cuanto tenía que decir de la vida alguno de esos personajes ficticios que nunca llegué a crear. Afortunados todos los que no tuvieron que nacer en mi falta de ritmo, dirán algunos. Lo suscribo, digo yo.

Caminar perdido en busca de un barco había dejado de ser una metáfora para mi, como lo habían dejado de ser otras muchas cosas ese mismo año. La muerte, sin ir más lejos, se había acercado a quitarme un padre que solo a medias tuve, y a llenar de grises una vida a la que le faltaba la pasión que enloquece a medianoche y te hace el amor como si fuese a morir al alba. Me empezaba a dar cuenta de que los sueños los quería libres, y de que quería estar despierto para verlos volar. Dicen que, a veces, la derrota civiliza. Yo estaba en el camino de la civilización, aburrido y con ojeras de dormir sin ser feliz, que son unas ojeras grandes y acusativas que todo el mundo es capaz de ver.

Quería ampliar mi vocabulario, hacer provisión de armas y quemar mi mundo. El problema de que se te rompa el corcho de una botella de vino es que te tienes que beber el vino. La vida nos viene descorchada, y esa es la cuestión. Quería quemar las naves, beberme la vida.


(noviembre 2013)

Esbozo

“¡No sabéis qué soy yo!”, les grité. “Una ameba”, respondieron al unísono. La verdad es que aquella noche mi atuendo desprendía un cierto no sé qué unicelular, pero no reparé en ello cuando formulé la pregunta. Tampoco sé qué respuesta esperaba, aunque me hubiese gustado algo así como “un caballo de guerra con poderes mágicos”, o incluso con “un narval” me habría conformado -por la proximidad con los unicornios, que son caballos con poderes mágicos hasta que se les declara la guerra y se convierten en caballos de guerra con poderes mágicos-, pero no “una ameba”. No sé si me dolió más eso o el hecho de que me hubiesen echado del bar por ejercer mi derecho a bailar parcialmente desnudo sobre la barra, un derecho que, según pienso ahora, puedo haberme inventado. El caso es que cabizbajo, algo Amenabar y dolorido en dos dimensiones, emprendí el camino a casa con el mismo ímpetu con el que se emprende algo que no se quiere.

A la mañana siguiente lo vi todo mucho más claro. Mi madre, aprovechando mi ausencia, había profanado mi habitación y había cambiado el azul de las paredes por un color crema que alentaba al suicidio con sólo mirarlo. Unas horas después de despertarme, habiéndome recuperado, al menos en parte, de la resaca, decidí que me hubiese gustado ser jinete de caballos de carreras (jockey), pero que ya era demasiado tarde. Ante la preponderancia que los caballos estaban cobrando en mi vida, opté por visitar al cuatralbo que frecuenta los claros que hay a espaldas de mi casa, con la intención de ver si mi reciente interés por estos cuadrúpedos venía acompañado de la habilidad para comunicarme con ellos, de modo que me acerqué a él tanto como me fue posible y le susurré.

(noviembre 2013)

Humanísimos

Estábamos hechos de humores. Eramos el vapor que despiden las bocas a las cuatro de la mañana en una ciudad al norte del norte mismo: eramos conjetura, elipsis, serendipia. Es más fácil así; es más fácil decir qué eramos que decir lo que no. Felices, por ejemplo. Aunque no sé si en el lado fácil o en el que no lo es. Los pies se nos anclaban al suelo como por magia de algún arte, y la nieve se nos atragantaba en las suelas, confundida por nuestros paseos en círculos, por nuestros posesivos ajenos y por el hecho de que la tratásemos como arena.

Al fin llegamos. Nuestro viaje plantaba cara a la muerte como si no tuviese nada por lo que vivir, y se deshacía en columnas de humo blanco que nos achicaban los pulmones. La lluvia saltaba con complejo de niña con botas de agua; con complejo de niño sin complejos, con la fuerza que tienen los meses que empiezan queriendo no acabar. Me cogías la mano como si fueses a morir, y yo apretaba sin saber nada que no hubiese sido teorizado antes. Eramos el insomnio del que acompaña al enfermo, y total para nada. Nuestras piernas se encargaban de recoger el peso que rechazaban nuestros ojos: queríamos que lo fuesen las cuatro, pero sólo una podía ser el verdadero Atlas, y nos arrastraste por veredas imposibles. Abrí la puerta.

Tenía los dedos como pequeñas zarigüeyas puestas en fila en rigor mortis. La madera olía a metal y el metal olía a desesperación y la desesperación era sangre hecha arte en la nieve. Todo cuanto era absurdo afuera cobraba ahora un sentido. Cuál no lo sé, pero nos volvimos polvo de estanteria vieja, cataclismo de libro leído sin cuartel y empezamos a flotar como cuerpos sin vida, solo que no estábamos muertos, sino hechos de humores y sangre, de sangre y sangre. Y de nada más que eso.

Por nuestra pequeña ventana llena del aliento de Invierno veíamos pasar las estaciones, que a penas nos iban distanciando, hasta que entre nosotros hubo tres mundos de distancia y mucho ruido, tanto que no te oí gritar que no necesitabas palos para derribar estrellas, y el hecho de verte sacar la mano por la ventana, flotando, tratando de fruta que cuelga bajo a las estrellas, me impactó tanto que si no hubiese llevado el cinturón ahora estaría muerto una y mil veces. Pero no sé ni de qué hablo. Deja que vuelva a empezar.

Abrí la puerta. Estabas tendida en el suelo. Nada era anormal, excepto tú, tendida en el suelo. Intenté despertarte, pero no pude. No estabas muerta. Lo habrías sabido. Me lo habrías dicho, me habrías llamado. No estabas muerta. Te dejé en el sofá, en el que apenas cabías, y sé que pensaste que era tan incómodo que me habrías matado, por eso me reí antes de salir corriendo a buscar ayuda y de empezar a llorar. No había nadie: habíamos llegado al lugar más lejano del mundo. Y allí no había nadie, sólo la nieve, y la nieve sólo es útil cuando es nieve, y no arena. Volví a la cabaña y te hice vomitar: libros leídos, desesperación, sangre, madera y metal, fruta, estrellas, estaciones, el aliento. Vomitaste conjetura, elipsis, serendipia y culpa. Vomitaste que me fuese en palabras, y te dije que antes me arrancaría las raíces del suelo, que prefería un desaparecer antes que un callar, y también te dije que no.

Pasamos horas tras esa puerta, esperando a que nada pasara. La espera fue eterna.

(noviembre 2013)

ManHattan

Nos pudo Manhattan. Nos pudo la ambición, y perdimos el contexto. Hielo, nos volvemos de hielo y con él tememos que llegue la primavera y hacernos agua que corre río abajo mientras la naturaleza, que también somos nosotros, nos ofrece resistencia. Somos agua gélida que baja rampante hasta tocar y el fondo, y entonces emerge como lava furibunda, y tras la erupción simplemente sigue su curso hasta tocarse con el mar. Nos hacemos uno con el mar en esta isla donde se sueña con metal; en esta isla en la que el pecado se mide según el pecador, y en la que se pescan toneladas que siquiera se comerán. Es vertiginosa esta isla. Es como el hielo que en primavera se vuelve agua y corre río abajo sorteando los peces, y furibunda sigue su curso hasta perderse en el mar.

Antes hubiese encendido un cigarrillo, pero ya no. Me ajusto la bufanda y subo al vagón. Lata de sardinas donde se mezclan los peces nacidos en este mar y los que han llegado a él por azar, fortuna o desgracia. Respiro. El cristal se ruboriza y aparta la mirada. Me lo hace saber empañándose, y ceso el cortejo. Miro a una chica y veo un atún. Miro a otra y es un besugo. Veo tiburones, ballenas, esturiones y medusas. Es un río oceánico este mar, esta lata, que en cualquier momento puede ser una trampa mortal, y río entre dientes. Yo no soy un pez. Yo soy el agua que los arrastra. Bajo, camino.

La lata se ha vuelto más grande: ha ampliado sus horizontes. Inundo las calles, torrencial, y los peces se apartan como pueden, tratando de salvar su vida. Ya no es una lata. No. Ahora estoy en la isla. Alguien arroja comida y es como ser testigo tras el cristal de una pecera: en violentas sacudidas lo devoran, y en apenas segundos sólo quedan restos que ninguno de ellos quieren. Llegan otros peces más pequeños, y gustosos recogen los restos. En cada esquina suena el metal, que golpea con fuerza el suelo, haciendo que la isla entera retumbe de manera constante: el seísmo es entonces normalidad, y sólo cuando cesa cunde el pánico, y la escena de la comida se repite con dramáticas diferencias. Sigo caminando.

Me miran y saben que soy agua; saben que el agua no pertenece a su complejidad ficticia, en la que pretenden ser animales más sofisticados de lo que son, y tiemblan ante la brisa que me acompaña. Leo los carteles con atención, los repito en voz alta. Antes de ser agua fui niño, y hubo momentos en los que se me olvidó leer, y para aprender de nuevo tuve que leer en voz alta cada cartel. Ahora no me hace falta aprender, pero les doy voz para que no se sientan ignorados. No hay nada más triste que un cartel que nadie lee, excepto todo aquello que resulta más triste, como el agua encerrada en una lata, o los pájaros que van a morir a la costa cuando sienten que se acaba su tiempo. Respiro, y fluyo sin rumbo.

Giro la esquina. Me siento cansado. El aire está hecho del humo de miles de cigarrillos que confundo con mi vapor. Me pesan las piernas. Los peces se agolpan a mi alrededor. ¿Me están bebiendo?.

Respiro angustiado, con dificultad. Intento zafarme, arrastrarlos corriente abajo, pero no tengo caudal suficiente. Flaqueo. Pronto se forman bancos que una gaviota dispersa, pero llegan más. Me veo morir. Recuerdo ser hielo, y todo cuanto arrastré: los árboles, las rocas, las ramas, la arena. Es entonces cuando me doy cuenta: me he agotado. Soy agua dentro de una isla. He sido lo que no se puede ser. Y difícilmente recuerdo querer ser otra cosa.

(noviembre 2013)

Diciembre en Irlanda

Diciembre se hacía de carne en el horizonte a costa de restar vida a los días, que a las cinco habían dejado de ser, y a las seis no eran sino un negro y lejano recuerdo al que sólo los más ancianos echaban en falta. La calle cambiaba entonces de dueño, y como si al mundo le hubiesen dado la vuelta, los árboles se convertían en amigos que abrazar cuando la soledad del alcohol se hacía insoportable, las farolas eran en un objeto a abatir, en lugar de una inútil estatua, y las aceras se prestaban a ser campo de batalla en el que resolver cualquier disputa. En esa soledad oscura se me iba helando el alma, convencida de que la helada serviría como crisálida hasta el próximo deshielo, y de que entonces tendría tiempo de tejer su capullo antes de que volviese a llegar el invierno.

En los tejados comenzaba un lento proceso que culminaría en helada. Los cuervos hacía ya rato que habían pasado por mi ventana, y no sé a dónde irían, pero sé que hasta el día siguiente, justo antes de que anocheciese, no volvería a verlos. El gato naranja y gordo que patrulla el vecindario también había hecho ya su ronda obligada sobre las vallas de madera que separan los jardines, y todo parecía en calma. Desde mi ventana podía ver las cocinas encendidas de alrededor, en las que dedicados cocineros preparaban con empeño la cena mientras despedían la luz del sol que no volverían a ver hasta pasadas quince horas. El rocío no tardaría en llegar, y salir de la cama me parecía algo a evitar excepto en caso de emergencia.


(diciembre 2013)

Y en esas estamos.

Cuando la felicidad tiene forma de cosas es cuando se empieza a perder la perspectiva de lo que importa y lo que no, y uno acaba dándose codazos por un teléfono móvil o tirando a alguien al suelo por unas zapatillas. Éste es el monstruo que han creado para nosotros y que entre todos hemos alimentado hasta hacer de él un gigante eternamente hambriento, que, como suele ocurrir, acaba por devorar a sus cuidadores. La máxima habría de ser simple: “piensa en lo que tienes, no en lo que no tienes”. Sin embargo, el camino que la inmensa mayoría sigue es el opuesto, y la infelicidad se apodera de los pobres infelices que no se pueden permitir el nuevo modelo de “tal” que esta cuarta Roma, con esclavitud incluida, les ha fabricado a medida.

No es de extrañar, entonces, que mientras la miseria queda reflejada en padres de familia obligados a pedir en la puerta de grandes superficies, el patetismo autocomplaciente quede reflejado también en la escena en que alguien que acaba de gastar cuatrocientos euros en un teléfono móvil -que es prácticamente un calco de su anterior teléfono- deje caer una moneda de cincuenta céntimos en el vaso de quien no tiene para comer. Y en esas estamos.

El lado más salvaje y ruin de nuestro sistema económico se abre paso a dentelladas al tiempo al que el sistema social es desmantelado. La dinámica en la que esto sumerge a la población que no se ve tan gravemente afectada por la depresión económica es tan llamativa como alarmante: el sentimiento de culpa desaparece en casos como el ejemplo anterior, a lo que se suma una falta de solidaridad convertida en un “sálvese quien pueda” que dejaría atónitos a nuestros padres hace treinta años, e incluso, me atrevería a decir, a los mismos que practican esta nueva religión que gana adeptos sin necesidad de proselitismo.

El futuro es incierto y nadie parece dispuesto a tirar de la palanca y apearse del tren. Y en esas estamos.

(noviembre 2013)

jueves

Efímero



Como aquél árbol que apareció de la nada
o los ocho poemas que le escribí a Victoria
como la diferencia entre existir y no hacerlo,
como un viaje en bicicleta por Nepal:
todo es efímero, y susceptible de estar muerto,
y algunas de estas cosas, de hecho, lo están;
y aun así, qué bonita y apetecible es la vida,
¿verdad?

martes

Nota rápida

En la vida tiene uno
que estar siempre sacándose
espinas, astillas, y puñales,
que, de no hacerlo,
se enquistan y le hacen a uno
mala sangre.

Por eso yo
escribí el poema
tal vez más sincero que haya escrito
que decía:
"Yo...
...tú".

Recuerdos razonables





Yo te recuerdo de mis sueños,
de mis pesadillas,
de mis traspiés,
de cuando era cuerdecita de reloj
y tú querías saber la hora
para nunca llegar tarde
y te ponías de puntillas
para verme los segundos,
y yo te tomaba el pelo, parándome en seco
solo para que me agitases.


Te recuerdo de cuando era marinero
y tú, temible tormenta
decidida a castigar.
Te recuerdo de todas mis otras vidas
que poquito a poco voy recordando
en la forma de sueños,
de pesadillas,
de traspiés.

domingo

Santa Catalina

Juraría que te olí en aquel convento de Clarisas
donde sonaba aquél laúd de ocho órdenes
y yo no podía dejar de reír porque,
ocho órdenes,
y yo apenas encuentro uno.

Y en aquella Santa Catalina, entre los frescos
y los querubines -que no, que son putis, dice Marga-
yo juraría que te olí,
aunque no lo haría nunca bajo juramento.

jueves

De los bosques de Segovia



Mi padre es ahora un árbol de los bosques
de Segovia
mis hermanos y yo lo dejamos calladito
en un tocón robusto,
que parecía alegre de haber sido árbol
de buena madera;
nuevo hogar para mi padre,
que podrá ahora en las noches quedas,
escuchar el murmullo del río de Valsaín,
y tal vez escuche también el crujir de las vigas
de la casa en la que nació,
aunque ésta ya no exista;
y qué feliz coincidencia sería que esas vigas
y el tocón que ahora es mi padre,
fuesen uno y la misma sangre
doble hogar,
por fin.

Yo querré ser tocón de buena madera
en el denso bosque de tu memoria
donde, con suerte, tus ríos y tus vigas
y tu risa
me despertarán,
y así podré ir a ver al tocón que es mi padre
y decirle: por fin,
doble hogar.

miércoles

Pequeñas muertes

Tenía la frente marchita por azares del tiempo, que desgasta como una mala amistad, y el aliento dormido, hijo de otra boca en no se sabe qué tiempo. Arrastraba su caminar lánguido sin excusas, y sus dos brazos, colocados tan tensamente a los lados de su torso, parecían la aleta de una rémora. Su hablar era remoto y trastabillado, y se sacaba de la boca las palabras como con la certeza de que, de no hacerlo, no tendría otra oportunidad. Era un cuadro delicioso al que casi nadie prestaba mucha atención porque estaba considerada un Van Dyck al lado de un Goya. Por suerte, yo nunca entendí de arte, y cuando descubrí su cabeza de anciano, sus aletas de rémora y su aliento ajeno, me di cuenta de que era en mí donde empezaba el mundo, y en ella donde Atlas decía ésta, ésta es mi parada, aquí me bajo yo, nos vemos.

Fue ella quien me hizo comprender que la realidad es algo con lo que nunca estamos de acuerdo y que, sin embargo, aceptamos por el propio peso del concepto. Es más: fue mirando su nuca de cornejo cuando fui consciente de que en dicha aceptación subyace un rechazo frontal auspiciado por la insaciable sed que nos provoca la perspectiva de un futuro. Es la recóndita esperanza de un cambio lo que nos hace aceptar, y al mismo tiempo rechazar la realidad. Nunca estuvieron mis ojos tan seguros de nada como cuando se clavaban en sus pigmentos de retratista. Alcancé a ver que debajo de todo el tejido de realidad se esconden múltiples e infinitas realidades con las que siempre podemos mostrarnos en desacuerdo, y que es así como la realidad acaba siendo algo con lo que nunca estamos de acuerdo y que, sin embargo, aceptamos pese al rechazo de nuestro fuero interno. Fue ella quien me dio todo eso, desde la distancia, con su nuca de hebras de plata y ese aire envejecido que sugería que su piel no era sino una carcasa, contenedor de un alma milenaria.

Nunca hablé con ella. No tuve tiempo. Aunque puestos a decir la verdad, lo que me faltó fue valor. Estoy prácticamente seguro de que estaba a punto de hacerlo -a nada de acercarme a ella y decirle hazme claroscuro- el día en el que nuestro jefe se armó del coraje que a mi me faltaba y denunció a la policía los reiterados chantajes a los que ella le había sometido durante años. Los detalles no trascendieron, pero pude ver su nuca de arbusto en una fotografía en la cuarta página del diario local, que decía algo así como

A. V. D., pintor flamenco de trescientos setenta y tres años, fue detenido hoy en su domicilio, acusado de haber chantajeado durante años al conocido empresario G. M. L., así como a otros diez empresarios locales, delito por el que se calcula, habría percibido una cantidad cercana a los cincuenta mil euros.

Y aunque quise no estar de acuerdo, me aplastó el propio peso del concepto.

jueves

Papeles en la basura



Aquí el calor agrieta las caras. Las sábanas cuelgan de balcón a balcón. Los tempos son distintos y hay que tener cuidado con a quién se fotografía. La comida se saborea y se acumula después en los cubos de basura, que se queman cuando rozan lo bárbaro, o son recogidos -ya desbordados- por excavadoras. Eso cuado no los queman los niños, para enfado de los vecinos.  De las paredes salen amenazas en forma de pistola, y los críos te roban la cartera cuando te estás mirando las manos. Las calles están llenas de vida. El sol calienta, que ya es mucho decir, y las personas ríen, y se emborrachan y pelean, y se ama y, joder, qué de pasión.

Los turistas caminan desorientados. Yo también soy un turista, pero, aunque a veces desenfundo la cámara y me deshago en la monumentalidad, creo haber conocido esta ciudad lo suficiente como para considerarme, al menos, peregrino, que es más que turista y menos que pintor. Porque en Florencia, pintor equivale a habitante a razón de metro cuadrado. Los dibujos y las caricaturas se amontonan como la basura, aunque en un plano distinto, y los óleos se intercambian por esculturas, y las modelos sirven a veinte euros la hora, que también es mucho decir.

El verde del paisaje es seco. Más que el de Hibernalia -Irlanda, la llaman-, que rebosa frescura, rocío y pura lluvia en su extensión. Aun así, la geografía italiana ya me hacía sentir en casa -e incluso más allá- cuando sobrepasaba la llanura Padana, que deja alzarse, sin pedir más explicaciones, a los Apeninos.

Pero el tiempo pasa. Sí, pasa. Transcurre. Y el mundo cada vez más oscuro, y yo terminando libros que se sienten como la pérdida de un apéndice, y aprendiendo qué es un vilano, y que la estulticia no la cura la medicina convencional, sino el abrirse al mundo, y tratando de escribir que, sin éxito, trato de escribir sin éxito, escrib... y sí claro, qué más.

El gato, la copa, la mosca y el zueco. Todo eso, pero en ruso, que así se hace más difícil ser todo eso sin palidecer en el intento. Y los pobres niños pálidos, qué translúcidos quedan. Aunque seguro que el ser translúcido acaba siendo moda. Como sembrar el odio, matar a niños e indultar a los tuyos. Y a quién le importa.

El pensamiento se rompe. Se oye un estruendo que obliga a los pájaros a alzar el vuelo, y de pronto dramatis personae. A Manuel se le arrugan las manos con sólo pensar en envejecer. Puedes entrever cuándo está jugando a imaginarse de viejito porque se marchita rápidamente: su piel se empieza a secar y se siembra de surcos inmensos que sólo desaparecen cuando vuelve en sí. Levanta el vaso, da otro trago y pierde la juventud en pensarse en la vejez.

Teresa dice que ya no escribe como antes, y en lugar de cartas a sus amantes, escribe notas en papel mojado que va dejando por las esquinas del no-mundo, donde se consumen en la inexistencia. Fuma, y se dedica en cuerpo y alma a ya no escribir como antes.

Leonardo se divide en un pensamiento: no puede decidir si la pérdida es lo que mueve la existencia, o si sólo la marca de forma irreparable. Su pensamiento es más rápido que él mismo, y aunque no tiene claro si su pensamiento y él pueden ser considerados dos entes distintos, se cuestiona si verdaderamente hay algo irreparable en éste mundo, o si todo es susceptible de ser recompuesto. Se lamenta por haber confundido roto con estropeado, y ríe por dentro.

Entre todo los personajes que hay en el bar, encuentro una persona: Daniel. Me cuenta su versión de su historia, ojos tristes incluidos:

Arribar a una casa vacía siempre es ecstraño. Incluso cuando la panopla cuelga tendida del ideario que sustenta los tejados, o más aún entonces. Yo de chiquito me bordeaba los idearios, sin echarle cuenta a las panoplas, y ponía a danzar con ritmo descalabrado el tirvo de mi cabeza, que las más veces se acababa palpitando como una campana cuando son las diez más el añadido de que el señor Antonio se murió. A mi me gustaba ir a los funerales de los antonios porque todo el pueblo parecía unido en la tristeza, aunque todos sabían que a ninguno le importaba de verdad: la campana era la única que se agitaba sincera, contemplando impotente la marcha de otro más.

La tele estaba anunciando desorden generalizado con intervalos de caos para el jueves por la mañana, aunque ya avisaba de que la situación tendería a remitir en algún momento, no se sabía muy bien cuál. También informaba de que los lunes se preveían movidos para los procsimos cien años, o hasta que los lunes dejasen de ecsistir, en su defecto. El té estaba frío, e Ignacio había vuelto a perder todas las misas del día, y ya iba para treinta años que lo hacía. El aire se disparataba roto en filamentos de luz. El único sonido audible era la respiración dormida de Ignacio, que había silenciado la televisión. Y el resto no era más que un sueño lúcido.

El tentáculo tercero de la farola descendía con vehemencia sobre los adoquines de la calle Santuario, desde donde la campana se podía ver, orgullosa, guardando su posición. Noviembre quedaba hecho ceniza, y con una copa de vino yo supongo que nos miraba Dios. Me contó que el mundo le parecía a veces una ola de sabores amargos que alguien fuerte y tozudo había hecho bajar por su garganta en contra de su voluntad, y él, que nunca se había considerado frágil, sufría con fragilidad la acidez provocada por esa tromba amarga.

Ni que decir tiene que la vida pasaba. Ya sabes, Adrià, la pputa vida.

sábado

Muchas gracias, por favor.

Es verdad, dice con la voz de niño, y probablemente miente, no por su condición de niño, sino por su realidad humana. Ser niño es probablemente la condición más benigna de todas cuantas nos amenazan. Yo siempre he caminado por la casa encendiendo las luces, por miedo a que la oscuridad trajese cosas que no deseo ver, porque son cosas que me aterrorizarían y me harían pensar que me he vuelto loco. Es verdad, dice con la voz de niño, y ahora estoy seguro de que es mentira.

Repasé en mi cabeza la lista de dinosaurios que me hubiese gustado ser. Cortázar, Borges, García Márquez, Chéjov, Allan Poe. El té estaba listo, no tuve que colarlo, pero me valía así. Le añadí un poco de leche. Me hizo pasar a su despacho y viéndome revolverme inquieto sobre mis piernas dijo vamos, siéntate, que no pasa nada. El despacho estaba hecho de humo y pare usted de contar: el humo de hacía décadas era aún visible en éste y aquél rincón. La profesión de éste hombre es fumar, pensé, y me debió de hacer gracia porque me preguntó que de qué me reía, y yo miré para el suelo, sólo para ver cómo mis pies no tocaban el suelo y pensar que espero crecer porque como me quede así todos se van a reir de mí. Encendió un cigarro, lo que, estimé, le valió, al menos, quinientas pesetas de su sueldo. Después abrió una carpeta roja muy poco abultada, y dijo mi nombre y apellidos en voz alta, a lo que yo respondí corrigiendo la mala pronunciación y él oh, perdone usted, señorito.

Me hacía preguntas poniendo mucho énfasis en los puntos de interrogación, como si de verdad sintiese la necesidad de dejar claro que no estaba afirmando nada. Me preguntó ¿¿¿y tú qué quieres ser de mayor??? y entendí que por eso estaba en su despacho. Porque los adultos quieren saber qué pretendes ser de mayor, y en función de tu respuesta, juzgarte capaz o incapaz para ello, y abrirte o cerrarte puertas. Es por eso, y porque quieren saber si vas a ser un miembro productivo para la sociedad, porque tienes que serlo, porque no querrás ser músico, o escritor, ¿verdad? Y yo no, claro que no, yo quiero ser...

yo quiero ser dinosaurio, y de los grandes. ¡Augghghrhrrr! -rugí, legendariamente-.

... médico, o algo así.

A partir de entonces, cada año nos preguntaban lo mismo. Uno por uno. Nos metían en aquél despacho cancerígeno y el señor Ruz decía nuestros nombres y apellidos en voz alta y después nos preguntaba cómo nos adaptábamos, qué habían estudiado nuestros padres y si leíamos en casa, y luego y tú qué quieres ser de mayor, entre seis signos interrogativos, y ten siempre una buena respuesta a mano porque si no, el señor Ruz llama a tus padres y les dice que no tienes perspectivas de futuro, que mejor te pongan ya a trabajar, que no vas a ser útil. Carpintero, dije el tercer año, y la nube de humo blanco hizo una mueca de desaprobación que me devolvió a la mentira del médico de los dos años anteriores. Por aquél entonces no, pero luego sí supe que era afortunado, porque yo no tenía al señor Ruz en casa, y muchos otros niños sí: los padres de algunos de ellos ni les preguntaban qué querían ser de mayor, sólo decían tú vas a ser abogado y hablarás en francés y bailarás a la pata coja cuando yo lo diga, y sansacabó. Y yo podía ser lo que quisiese. Cualquier cosa. Cualquier cosa menos muchas cosas. Porque por entonces, aunque muy primitiva y velada, yo empezaba a desarrollar una conciencia de clase que me decía, primero, que no iba a estar solo, y segundo, que había muchas cosas en el mundo que no podría ser, por mucho que me lo propusiese. Cuánta verdad había en mi pensamiento sólo lo descubriría con el paso del tiempo.

Al final, después de los seis años que pasé allí, comprendí que al señor Ruz no le pagaban por fumar, no. El señor Ruz era el pastor de aquél rebaño, y nos iba llevando -o él creía que nos iba llevando- por donde más nos convenía -o él creía que más nos convenía-, y a veces también era el encargado de darnos algún que otro mordisco por díscolos y displicentes, que es una palabra que Jorge encontró en el diccionario un día, durante la clase de lengua, y cada vez que salíamos del despacho del señor Ruz nos preguntábamos cómo había ido, y respondíamos muy bravos, he sido muy displicente, y todos nos reíamos en un corro que estaba lleno de médicos, de abogados, presidentes del gobierno y jueces, pero que lo estaba en realidad de astronautas, estrellas del rock, escritores y un dinosaurio colosal.

A casa seguían llegando cartas de desahucio, de embargo, de impago, de último aviso, de venga no llores que volvemos a empeñar los collares, y sólo queda el de perlas, y no lo quiere nadie, y todo lo demás está ya allí, y ahora qué vamos a hacer, y tendremos que irnos a vivir debajo de un puente, que es el plan y la amenaza de siempre. No creo que el señor Ruz creyese nunca que yo quería ser médico. Puede que por eso siempre me preguntase ¿¿seguro?? con cara de ¡ay, pillín! Ojalá pudiese decirle ahora al señor Ruz que yo quería ser dinosaurio de los grandes, y ojalá eso pagase las facturas.

Me miré los pies, bien puestos en el suelo. Los números en la pantalla negra pasaban con una lentitud exasperante. Como todo en la vida, pensé. El número tres en color rojo digital se convertía en cuatro con la facilidad con la que se convertía en cinco y así en seis y en siete y todo lo demás. Por fin llegó el ochenta y siete. Me senté en la mesa y buenos días qué desea. Era un despacho insulso. De hecho, era una mesa, sin paredes. Eran muchas mesas en una habitación muy grande, y en cada una de ellas había un buenos días qué desea que ni te miraba a la cara, porque para qué tratar de personas a las personas, si en el mundo en el que vivimos todo importa una mierda. Número de afiliación. Número de carné. Número de teléfono. A partir de ahora le llamaré 0000087, si no le importa, le vi decir en una ensoñación. No, no me importa, para qué me va a importar. Entonces me preguntó ¿y en qué le gustaría trabajar? y me miré los pies. 0000087, ¿en qué le gustaría trabajar?, repitió. Rugí en mi interior: el dinosaurio quería salir y decirle yo quiero ser dinosaurio, y de los grandes, e irse de allí poniéndolo todo patas arriba, dejándolo todo hecho un desastre lleno de vísceras a las que no sabría poner un nombre porque al final

- Médico
- ¿¿Estás seguro?? ¿¿No me estarás engañando??
- No. Es verdad.

De cualquier cosa, señorita. Por favor.

jueves

El desguace



Le dije que no, que no se acercara. Que no me gustaba la forma en que me iba a mirar; que no me apetecía la forma en la que me miraría y yo no sabría qué cara poner, y preferiría estar en cualquier mazmorra abandonada donde otra injusticia en otro siglo -como siempre- que quedarme con los ojos nerviosos a la deriva, haciendo evidentes todas mis faltas, punto por punto, desnudas como una regresión. Pareció leerme bien los labios arrugados en la cara, y se quedó tan quieta como un nogal, respirando el silencio que yo había dejado. Sus pies estaban clavados en las baldosas, que, cenicientas, otro siglo seguían como siempre. Quise entonces -porque querer es siempre algo que hago sin darme cuenta- tirarme a sus pies y mirar de rodillas su inmenso cuerpo de nogal, con cuya madera construiría la cuna de nuestros hijos, que no nacerían nunca porque no somos tan crueles, y levantarme entonces con los ojos en lágrimas, y dárselas a beber a sus labios de violeta que nacen caudalosos. Pero no lo hice: también mis pies estaban quietos en las baldosas, convencidos de haber llegado a casa -por mí y por todos mis compañeros- y de estar salvos y sonados, que es casi como los ingleses se salvan de la muerte y de cualquier otra desfortuna inevitable.

No había rareza en mis ojos, sino escrutinio; inquisición. Curiosidad. Si acaso búsqueda; eterna, infinita e interminable búsqueda, que es la más común y lastimera de todas las búsquedas, y sin embargo la más hermosa. Yo quería ver si en ella aún estaba ella: si ella seguía siendo de ella, ó, si por el contrario, se había dejado ir. Porque, como le conté a Miguel, dicen que hay un angelito que cuando uno ya no quiere ser él, viene y lo recoge en pedacitos, de a varios viajes, y lo lleva no sé a dónde, donde lo desmontan o venden sus trocitos... y todo por no querer ser. Yo, la verdad, no lo sé. A mi me gustaría a veces acariciar las nubes, y es lo más cerca que mis pensamientos están de angelitos. Y, bueno, me preguntaba si tal vez ella se había dado para dejar de ser. Y busqué, y mi búsqueda iba en sus ojos oscuros como una taladradora que no entiende qué es el hormigón, y por eso sigue hacia adelante, a través del aire. Y ahí sí: ahí sí que temblé, estremeciéndome y arrugándome y hasta retrotrayéndome, que es algo que a veces pasa y otras no, pero que cuando pasa, ¡agárrense!

No, no es cierto que esté muerta y todo lo demás. Lo que pasa es que se está buscando. O que ya se ha encontrado y aún no me ha mandado su nueva dirección postal. O que no se contenta con ser y ya no tiene las cosquillas donde antes. Y ojalá yo se las pudiera encontrar. Y ya sabes... todo lo demás.

Le dije que no, que no se acercara. Que me gustaba cómo le sentaba la distancia: la forma en la que le doblaba el tronco de nogal.

miércoles

Las estanterias de abajo



Tanto mudar la piel
se agrietan los huesos
tanto boli, tanto papel,
y tan pocos versos.

2013.

9-7-14

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer besar el campanario.

Ya no puedo ni pasar por las iglesias
sin querer casarme con unos ojos tristes.

Pero mejor será no hablar de besos,
ni de casamientos; ni de ojos tristes,
y mucho menos de lo que ya no puedo hacer.

Lo malo de recorrer la vida de uno es
precisamente eso.