domingo

Garganta subterránea




Esta soledad teme quedarse sola,
por eso solloza en el metro
con las piernas encogidas
y los ojos llenos de arrumacos.

Yo llego a casa desnudo,
desprovisto y pobre,
y me pongo la ropa
con la que me oculto
de la mirada de mis paredes,
que son tan blancas
que casi un fantasma
y casi un cuerpo de mujer.

Cuando despierto,
no hay cocodrilos bajo mi almohada
y esta noche tampoco he aprendido a volar,
por eso me armo de valor
y voy a enfrentarte, soledad.

Allí está, de amarillo chillón,
hablando consigo en francés;
me mira como se mira a un niño
que viaja en tren por primera vez
y, asustado por el traqueteo,
sólo confía en sus pies.

Me acerco a ella,
suculento,
qué presa fácil soy,
y en un instante, sin darnos cuenta,
última estación.

Limitaciones




Barruntaba lo que había de venir como un indio de piel oscura, con una exactitud inaudita. Lola se le quedaba mirando atónita cuando, ligera una rama, se aligeraba aún más por el vuelo de un gorrioncillo. Él inhalaba el aire del mundo y decía, serio, esto o aquello, siempre previsiones a corto plazo, que se cumplían como los días se van cumpliendo uno tras otro. 

En las horas tristes de la tarde se le veía subir la montaña con las dos manos detrás de la espalda, a la altura de la cintura, cogidos el índice y el corazón de una con los cinco de la otra. Ya de noche bajaba, como si fuese un zorro en busca de sobras, y se sentaba a la mesa donde nosotros ya íbamos por el café. 

Algunos de los nuestros pensaban que estaba loco, que le faltaba un tornillo, y evitaban acercarse a él. A mí me gustaba. Creo que lo que le pasaba era que no estaba hecho para el mundo. Cuando le miraba a los ojos –a veces- me parecía ver el peso atlántico de la nostalgia. Tal vez echase de menos otro tipo de mundo, otro tiempo. No sé. 

Un día lo vimos con una gran mochila a cuestas. La materialización de su nostalgia, pensé; ya no soy el único que lo ve. Se alejaba por un sendero de piedras que subía hacia la montaña. Se detuvo en seco, como si hubiese advertido nuestras miradas, y se giró muy despacio. Cargaba en sus brazos un labrador negro que yo había visto entrar y salir del campamento en un par de ocasiones. Se detuvo con el cuerpo de medio lado, mirando hacia donde estábamos, amontonados por la curiosidad. Yo creo que nos escudriñaba desde la distancia, con la vista de águila que tienen los indios de piel oscura. Volvió a girar sobre sí mismo y siguió el sendero, hasta que pronto todos se habían dispersado y sólo quedaba yo, y primero desapareció todo él, excepto la mochila, y después hasta eso se perdió camino arriba. 

Durante la comida, sentados a esa angustiosa tabla infinita de madera, alguien dijo que se joda el perro del loco, buen veneno para ratas, sí señor. 

Desde entonces, y durante bastante tiempo, todas mis horas fueron tristes, en las mañanas y en las tardes, y hasta en las noches, que ni el cielo abierto y todas sus estrellas me sacudían de la piel aquellos ojos muertos del labrador, a los que la distancia no restaba ni un ápice de muerte, ni de barbarie. 

No volví a ver al indio de piel oscura, aunque durante años esperé verlo bajar de la montaña como un zorro, ya no en busca de sobras, sino del latir de aquél cobarde. Pero no. Lola entristeció conmigo en su ausencia, pero logró por fin un hijo y aquello le barrió la pérdida del indio. Yo, en cambio, empecé a subir a la montaña, hasta que llegó un día en el que fui incapaz de regresar.

martes

Está todo bien. Y de pronto está todo mal, y le pregunto al cochero que disculpe, cuándo vamos a llegar, y me responde sin español de España que siquiera sabe si vamos a llegar. Entonces yo me anudo la corbata y me preparo para lo que creo que va a suceder. Si todo va como lo pienso, estaremos cayendo unos dos minutos, y los gritos se me agolparán en las sienes, y todo serán ay dios mío, y luego ya está. Pero sucede algo inesperado; no tanto para ustedes como para mi, porque yo me conozco y sé que al final todo sale al contrario de como yo lo tenía pensado, y en lugar de precipitarnos, el cochero toma la curva y todo tan normal. ¿Ven? Ahora está todo bien.

Miren, ahí va mi cuerpo, llevado por la deriva.

Recital de poesía en La Qarmita, 25 abril 2015


Después de un tiempo considerable, tendré el placer de volver a recitar en La Qarmita. Aquí os dejo el cartel, ¡espero veros allí!


jueves

Nabidad



Yo, que era feliz cuando no lo sabía, y me comía las uñas en misa, deseando que el párroco acabase su interminable letanía, y me hacía y deshacía a voluntad también sin saberlo. Me solía envolver en papel de regalo. Me solía envolver mal, porque es como yo envuelvo. Creo que nunca me darán un premio por mis envoltorios. Dicen que el cuerpo es eso, precisamente: un envoltorio; cáscara; carcasa; contenedor; caja. Una crisálida. El problema viene cuando uno abre la caja y la encuentra vacía, y entonces, después de rota la caja, no queda nada, si acaso cenizas al lado de un árbol, y el ciclo del carbono. Conjunción copulativa a la carrera. Yo soy de esos que hacen de los meses personas, porque sí, porque me gusta saber que diciembre sale ya por la ventana, llevando consigo las buenas y las malas, y todas muertas en el recuerdo. Enero nos entusiasma tanto porque ojalá pudieramos empezar de nuevo: renacer y hacer las cosas distinto. Estoy seguro de que, si volviésemos a nacer, haríamos las cosas igual. Seguro que Hitler se caería por las escaleras y eso le trastornaría hasta convertirlo en demonio. O tal vez eso me lo haya inventado. Las ramas de este árbol son tan largas; hay tanto por donde caminar a mis anchas que temo que las ramas se hagan bosque y del bosque se pierda la claridad y llegar a la arena de noche, cuando no pueda leer los nombres que hay en ella.

En realidad, no tiene importancia. En términos relativos, nada la tiene. Por eso ya nunca encontramos níscalos, pero tampoco minas, ni difteria, ni malaria, y gracias, pero no a dios. Así que, qué importa nada, si los regalos están mal envueltos, la cáscara es eso y es todo lo que hay, y diciembre sale por la ventana porque quiere morirse de una vez por todas.

Siempre que veo el mar pienso en aquel viejo de Hemingway y entristezco por todas las tristezas que he leído en los libros, pero entristezco por orden: primero me da pena pensar en Horacio y Traveller y en el tablón de madera que va de pieza a pieza -y la verdad es que no sé por qué, pero siempre me da pena verlos ahí-, después me da pena aquél retrasado mental que vivía en algún lugar de los Andes, al que Sendero Luminoso le mató todas las vicuñas "por la causa", y casi de inmediato me golpea la tristeza por todos los instrumentos desafinados que se pudren en los manicomios. Luego sí, luego pienso en todos los Buendía, en Aomame, en Tengo, en Sylvia, en Ignatius, en aquella Andrea que se fue a Barcelona, en Sabina, en el pobre Adrià, al que su padre no supo querer, pero al final siempre acabo en aquella residencia para ancianos de Cercas, llorando porque, fíjate, al final siempre se muere solo. Al menos el viejo tenía al chaval. Ocurre que a veces a uno lo matan mal, como le pasó a Gila, pero morir siempre se muere mal.

En mi casa las toallas nunca huelen a nube. No es que importe, porque nada lo hace, pero bueno, es un hecho. En Bratislava, no muy lejos de la estación de autobuses, hay una iglesia del color del cielo cuando hace bueno. En el aeropuerto de Dublín hay una chica que te mira como si se fuese a fundir contigo, aunque sea sólo lo que dura el cruce de miradas, y unos aseos en los que escribes poemas de despedidas en aeropuertos. En la costa de Croacia hay una botella de vino de un litro con un burro en la etiqueta y el mar a las dos de la mañana, donde no puedes leer los nombres en la arena. Y siempre va a haber un bar al lado de la estación de trenes de Budapest donde matarás las dos horas que quedan para irte, y te vas a emborrachar con un vino muy raro, para llegar al tren corriendo, y que las puertas se cierren al instante. Nuestro anfitrión ha cocinado cordero y hay seis botellas de vino sobre la mesa, enjoy y ya son veintitrés. De Nápoles a Florencia son siete horas en tren, así que más te vale ir cortándote el pelo, y qué amables son los adventistas del séptimo día.

No estoy seguro de sobre qué escribía antes de no escribir. Supongo que es algo parecido a la problemática que supone no saber qué hacía antes de no nacer, y etcétera. El pleno a ochenta, la línea a trece, el cartón a dos y empezamos. Pareciera que siempre faltasen uno o dos números para la línea, si hubiesen esperado un poco...

Desde la cocina llega el olor (sin hache) a cordero en su salsa con patatas. Una vez, mi hermano David y yo fuimos a comer una de las casas de mi padre -no es que tuviese muchas, es que vivió en muchas, y me refiero a aquella que quemó unos meses más tarde-. Era el día de Navidad. El mismo día que hoy. El mismo día que Victoria decidió hasta aquí, hace hoy un año. Era el mismo día, pero hace ya cuatro o cinco años. Y mi padre, que nunca tuvo un duro porque tenía agujeros en los bolsillos y muy poca suerte, sacó de aquél pequeño horno de aquella casa de dos habitaciones en Monachil, que después olería a calcinado y a no estoy muerto por los pelos, el mejor cordero que yo he probado nunca. Y puede que, sentado en aquella mesa redonda con salvamanteles de flores quemado por los cigarrillos, en aquel ambiente sórdido, solitario y muy triste, en el que la decoración navideña no lo hacía sino más triste, más solitario y más sordido, lo que supiese tan bien no fuese el cordero, sino el hecho de que mi padre -que tenía agujeros en los bolsillos y muy poca suerte- hubiese hecho el esfuerzo de prepararlo con todo el cariño del que era capaz, que era mucho. En su misa también me comía las uñas, porque el cura no conocía a mi padre, ni sabía de aquel cordero, ni de todo -y hay mucho- lo demás, y le daba igual.

Los vacíos son inconmensurables, las distancias insalvables y las felicidades -en plural- efímeras.

Cuando pasas por Connaught a las doce, el castillo apenas sí conoce el agua, y todas las barquitas están tocando el fango. A la vuelta, el castillo y el mar son uno, y es difícil reconocer el lugar. Allí es a dónde van a morir las cosquillas. Yo tengo un amigo allí que es caballo casi blanco, con los ojos muy grandes y la lengua muy húmeda, y que se la pasa relinchando y dando consejos al aire.

Aníbal estaba cansado de la hipocresía que domina en las relaciones interhumanas, incluso en las más íntimas, y Aníbal, que es Moliére en dos mil catorce a la puerta de una discoteca, da en el clavo. Y Don Mendo por fin consigue su venganza, y vine a Comala porque me dijeron que aquí vivia mi padre.

Antes de irme a dormir, me imagino que el sol le dice a la luna, en cada atardecer, justo antes de irse del todo, algo así como: qué guapa estás hoy, luna. O: hoy estás más guapa que nunca. Cada día, durante miles de millones de años. E imagino que no se cansa, ni manda a la luna -que nunca contesta- a tomar viento, sino que sigue pacientemente trabajando el terreno. E imagino que lo hace por dos cosas: primero, porque alberga esperanza. Y después, porque el tiempo pasa de forma distinta para el sol, y qué son unos cuantos miles de millones de años si la recompensa es la luna, ¿verdad?

Mañana, dentro de siete días, ya es enero. Los enero -que he conocido ya a unos cuantos, no creas- son de guerra, de transformación fallida, de conflicto. De conflicto. No del que deja niños muertos en la franja de Gaza, ni del que deja viudas en Kobani, ni del que deja huérfanos en Melilla, sino del que te deja muerto, viudo y huérfano todo por dentro, y no hay escapatoria posible. Alguien debería dejarles claro a todos los genocidas que no hay la más remota posibilidad de redención, y que al infierno con ellos, carajo.

En Valsaín hay un palacio en el que se perdía el rey archivero; ese que, para haber firmado todos los documentos que firmó, tuvo que no haber dormido nunca. Pero siempre hay un truco, llámalo magia.

Es verdad que nunca llego a ningún sitio. Siempre me ha gustado pensar que es porque no me lo propongo.

Qué he hecho

Si te pudiese remitir, te remitiría al amor,
¿acaso no es tarde para que me confieses
que has perdido tu pistola?
que ya apenas rezas los domingos,
que se te acaba la respiración
y no hay repuesto,
y que, cuando te quieres dar cuenta,
has acabado de llorar
y no te acuerdas de quién soy.

Así que,
dime,
¿qué he hecho?

Es ahora cuando me quito los zapatos,
después de estar tan borracho,
y me pongo el pijama, que oculto bajo la almohada,
y me rehago, si es que eso se puede hacer.


Pequeñas montañas





A veces coger pensamientos y plasmarlos en un papel se siente como cuando, cada mucho tiempo, una de esas grandes agencias de inteligencia desclasifica documentos que atañen a todo el mundo, pero que sólo conocían unos pocos. Mis pensamientos atañen a unos pocos y al final resulta que ya los conocía todo el mundo, pero eso no quita que la sensación que tengo al dejarlos ir sea la de estar abriendo una caja que estaba llena de oscuridad. A veces pienso que, a medida que los días se van haciendo más cortos, mis pilas se van gastando: que empiezo el año, en realidad, a mediados de febrero, cuando las cosas ya no parecen tan tristes porque están un año más lejos que antes, y que lo empiezo como esos zapatos blancos a estrenar, que a medida que el tiempo pasa y uno los usa, se desgastan y se vuelven negros, y que ya para cuando llega diciembre no tengo zapatos, ni pilas. Y en enero simplemente hiberno, cargando con el cansancio acumulado de desfallecer año tras año.

Cómo cansa cansarse. Y el monumento a Vittorio Emanuel, que es el altar de la patria, ahí, tan blanco y puesto ahí, al lado de la columna de Trajano, como si la sangre y los años no los separasen, como si no hubiesen muerto y muerto y muerto tantos y tantas en los dos minutos que hay del uno al otro. A quién se le ocurre. A quién.

No descarto que yo sea el que equivoca los conceptos -es decir, que esté conceptualmente equivocado-, pero no es primordial, primigenio, primerizo ni apremiante. Lo apremiante son las ganas que tiene la gente normal de no sentirse normal. Lo primordial es la urgencia de los primerizos de no parecerlo. Lo verdaderamente importante, más allá de las palabras, es el deseo de distanciarse de la masa a base de remedios artificiales que no hacen sino convertir al presuntamente distanciado en el eslabón más visible de la masa. A quién se le ocurre. Yo a veces mataría por la normalidad, y qué hay más normal que eso.

Ya te lo he contado en algún poema de esos que no publico porque ya no escribo nada que merezca la pena leer. La tienda que hay en Colegio Catalino lleva ya más de dos meses "cerrada por enfermedad", y aunque no sé qué habrá pasado, temo que el dueño -o la dueña- esté muy enfermo, o quién sabe si muerto, y qué pena dan esas cosas, aunque siquiera supiese de qué negocio se trataba. Ya ves, iré y pegaré un cartel debajo del cartel blanco y arrugado que anuncia la enfermedad, y le desearé que se mejore pronto.

¿Has visto cómo se apilan las hojas?