miércoles

miércoles

Cuando una pesadilla acaba, otra distinta empieza,
y se hace como escondite de secretos,
lugar recóndito e infranqueable,
fortaleza de debilidades inexpugnables,
condena a muerte, como tantas otras.

Pesadilla no sin suerte, sino sin tiempo;
deshilachada, desnutrida y desahuciada,
pesadilla de colores sin colores no soñada,
de pesos como mundos en la almohada.

Los sueños y las pesadillas se saludan al pasar,
y después, con sus iguales, comentan afligidos
lo desmejorado que está el otro:
será de ser tan largas las pesadillas,
y tan frustrados los sueños.

lunes

Res non verba

Sería julio. Digo que sería julio porque no recuerdo ir a clase y pasaba los días borracho. Aunque, claro, hubo un tiempo en el que todos los meses fueron julio. Pero creo que hacía calor, creo recordarnos durmiendo desnudos... cuando dormíamos; cuando no nos quedábamos hasta ver el amanecer contándonos las heridas, arreglando la vida y bajándonos del mundo en marcha. Cuando no fumábamos un cigarro de después, y otro. Y otro. Cuando no estábamos tan delgados de puro amor, y tú no intentabas engordarme comiendo doble para que yo comiese, al menos, la mitad. Éramos terriblemente bonitos, e imperfectos, y jóvenes. No puedo creer que hayan pasado casi diez años. Ahora me pregunto dónde están esos casi diez años y todo lo que veo es un reflejo en un cuarto lleno de ellos, donde llorar era a veces rutina, y donde contigo me fumé la adolescencia. Luego, sin ti, me la bebí. Después te quise olvidar a golpe de taquicardia, hasta que casi me explota el corazón, y bum. Ya no más. Cuantas venganzas absurdas de mí contra mí. No hay mucho que recuerde con precisión: son más bien sensaciones; reconstrucciones que seguro que no se corresponden con la realidad de lo que fue. Recuerdo el suelo frío. El suelo siempre estaba frío, no importaba que fuese verano o invierno. Por eso me gusta más la madera.

Cuando mis padres discutían el suelo también estaba frío. Discutían mucho y muy alto, y a mi no me gustaba quedarme en la cama mientras lo hacían. Supongo que quería saber por qué discutían, y que quería asegurarme de que todo acababa bien. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: ir a la esquina del vano de la puerta de la habitación de mis padres y tumbarme en el suelo, de perfil, con las dos manos bajo la cabeza, encogido. A veces llevaba una almohada, a veces a mi peluche preferido. Pasaba horas. Hoy lo recuerdo como horas, tal vez no lo fuesen. Y me quedaba dormido. Creo que cuando empecé a hacerlo con frecuencia, ellos sabían que estaría ahí de antemano. Mi madre salía de la habitación, me cogía en brazos, me llevaba a la cama y me arropaba. A veces yo volvía a salir y me volvía a tumbar en el suelo. Otras me quedaba durmiendo. Siempre me ha gustado el suelo: el suelo frío de baldosas moteadas, y el suelo frío sin adornos. Pero más el suelo de madera: el que cruje no, ese me espanta. El de parqué; el que tenían mis abuelos en el piso de Madrid, por cuyos pasillos yo corría durante el año que pasamos en el exilio, y por los que me olvidé un poco de las discusiones y del suelo frío, y vi que "vaya, así que esto es la normalidad". Por el que mi hermano gateaba y esas cosas que me ponen triste.

Recuerdo la barandilla de camino al cuarto de baño, y a algo más de medio camino, recuerdo que nos abrazamos. No fue tan simple como eso, pero hay cosas que permanecen inenarrables, a pesar del tiempo -que siempre es traicionero-. Fue como un choque de trenes; una explosión o la erupción de un volcán. Como volver a nacer. Eso es lo mejor que lo puedo escribir. Nos abrazamos durante horas. Hoy lo recuerdo como horas, tal vez no lo fuesen. Me recuerdo abrazándote, y hasta creo recordar tu ropa, aunque seguro que eso es parte de mi reconstrucción. Pero lo que sí recuerdo con seguridad es cómo el suelo frío dejó de ser el suelo de las discusiones y las horas tiritando y pasó a ser el suelo de los abrazos que no se pueden describir.

Ahora me parece no haber vivido todos esos momentos como se merecían.

sábado

La guerra (Dublin II)

Te crece el viento en la espalda,
el mismo viento que me dobla
cuando soy árbol de raíces huecas.

Tienes en los ojos tambores de guerra,
y en la sonrisa te recuerdo gorriones
que no recuerdas.

Se fue enero,
vino el viento,
volvió la guerra.

viernes

Es una trampa



Estar vivo es una trampa. Una trampa muy compleja y elaborada. Y también bonita. Una trampa que no se sabe quién ha puesto ahí, si es que alguien lo ha hecho, ni cómo. Estar vivo es una trampa incógnita; una trampa azar: una trampa trampa. Doble trampa. Los hay vivos desde el ochenta y siete; desde el noventa; desde el noventa y dos; desde el sesenta y dos... en fin, hay muchos vivos. Y muchos vivillos, y vividores. También los hay muertos. De esos no me apetece escribir, que son demasiados como para contarlos sin abatimiento.

Así que, en fin. Estar vivo es una trampa que se te cuelga de las orejas y tira con fuerza hasta que, un día cualquiera, tus orejas están bajo tierra y tú siquiera te has dado cuenta. Caíste. Te han engañado como a un tonto; como a todos, claro. Pero qué trampa más deliciosa. No dulce, sino deliciosa. Una trampa de tal magnitud que: eclipses, amaneceres, atardeceres, anocheceres, aconteceres y almendros en flor. Y también de la hierba brotando, de un caracol dando la vuelta al mundo y de joder, cómo llueve. Deliciosa, compleja, misteriosa y con las fauces abiertas. Así es la trampa. Y nosotros, por lógica, somos los tramposos. Y como no podía ser de otra manera, entre amanecer y amanecer, se nos olvida que somos víctimas de la complejidad, de la delicia. De la trampa.

Ya saben: sean tramposos, que nunca se sabe a qué distancia están sus orejas de caer en quién sabe qué trampa.

[Anexo]

La marea, el viento; la pasión. Las cosas que nos llevan, los senderos en los que nos perdemos sin querer queriendo. Las cosas. Las cosas en general: pequeñas, grandes y medianas. Las cuatro guitarras que dan tinta al bolígrafo, y el frío que hace fuera. La trampa, al fin y al cabo: el anexo a ella. La trampa no es el coche cuatro puertas y el perro en el balcón: eso es el engaño. La trampa es éste vaso de vino y los poemas que aún no he escrito, las veces que no me he caido, y las que sí. La trampa es todo eso, y a la vez nada de ello. Por eso la llaman así, ¿no?


Importancias

Es difícil asir la vida,
pararse en las vías,
guardar la magia en la retina,
no cansarse de vez en cuando,
encontrarse en plena catarsis;
a veces es difícil hasta respirar.

Pero es aún más difícil la soledad:
es más difícil el hijo que olvida al padre,
la mujer que perdona lo imperdonable,
los ancianos que buscan en la basura;
siempre es difícil ser cómplice de este mundo.

A veces parecen fáciles las caricias, y los besos,
pero son entrincados, como los árboles;
pudiera parecer fácil la amistad,
pero es caprichosa sin parangón;
desde abajo la lluvia se antoja simple,
y sin embargo, qué de caras tiene dentro de la nube.

Fácil o difícil, al final,
lo que queda es que todas esas cosas
son verdaderamente importantes.

Galopa caballo cuatralbo...

Desaté la cuerda. Soltó un quejido lastimero y retrocedió con dificultad, asustado. Su pata derecha -la trasera- estaba cubierta de sangre, que seca, de hacía horas, se adhería a su pelaje de manera desagradable, y que, también líquida, manchaba la tierra sobre las que nuestras seis patas de animal se alegraban de haberse encontrado. Pensé que la peor parte siempre se la llevan los perros, pero no es cierto. La falsa supremacía humana tiene para todos: de creernos especiales pasamos al especismo, y ahora siquiera creemos en nosotros mismos. Seguro que él estaba pensando lo mismo.

Ofrecí mi mano abierta en el aire, en señal de amistad. Olisqueó desconfiado. Sus ojos se agitaban de un lado a otro en una noche en la que las estrellas brillaban con inusual intensidad. A apenas un kilómetro se podía aspirar el familiar aroma del asfalto húmedo, propio de noches de primavera en las que el calor empieza a ganar la batalla al frío, y aún es todo un lecho templado. Ese olor de ingredientes tan dispares me activaba un no sé qué que me hacía rebosar de ganas de vivir; me transportaba a una adolescencia de paseos en la oscuridad y sensaciones que no recordaba.

Se acercó, por fin. Justo cuando yo me había perdido en mis evocaciones, se acercó. Yo, que siquiera estaba allí, me sobresalté al sentir su hocico húmedo en la palma de mi mano, y mi reacción le hizo retroceder de nuevo. Me llamé estúpido, volviendo a tender la mano. Sus orejas gachas ratificaban el terror con el que temblaba. De cuando en cuando gimoteaba, partiéndome el corazón. Yo miraba en sus ojos con lástima; con la mirada de quien, impotente, no encuentra la manera de ayudar a alguien que está sufriendo.

Miró mi mano tendida. Acto seguido miró la oscuridad que quedaba a su espalda. Calculó su escapatoria, y como un caballo cuatralbo al que han sentenciado, se arrastró en la densidad del resto del mundo. No lo tomé como algo personal, y yo también me arrastré de vuelta al asfalto húmedo, donde, cuatralbo o no, también estaba sentenciado.

sábado

By heart


Su olor es el único que reconozco
entre todos los de esta cloaca:
vaya a donde vaya,
allí la encuentro,
esperando,
como si nunca...

Su olor es el único que recuerdo
y por eso me parece justo
decir:
¡qué injusta es la memoria!

viernes

Domingo sigue siendo viernes.



Si los muertos dejasen de sumar,
si no fuesen aquí y ahora
de importancia capital;
si la luna no respirase soledad,
estoy seguro de que
podríamos hacer más.

Si no estuviésemos perdiendo esta guerra,
si la gente supiera,
si a la gente le importara siquiera,
si no nos atracasen a diario,
si no nos hiciesen cómplices de sus fechorías,
si de veras hubiese justicia,
estoy seguro de que podríamos hacer más.

Si no te echase de menos,
si no supiese que dueles
porque te dejo,
si no te tuviese siempre
no mezclaría mi guerra
conmigo.

Si no perdiese poemas en los cementerios,
si no creyese que
el mundo tiene
difícil remedio.
Si te mirase y pudiese verte.

Si las palabras se dijesen de verdad,
podríamos evitar el
hablar en condicional.

Si algo de esto tuviese sentido
prepararía dos tazas de té
y te contaría cómo hoy me desperté
creyendo
que era domingo.

jueves

Tremendo error

Te coge el viento
entre alfileres
como a una rama,
y de pronto
te encuentro rota,
sin mitades,
solo rota,
y mientras te doy
la bienvenida al club,
tú sonríes
descosida
de un lado a otro,
tratando de llorar.

Te recoges las tristezas
en un pequeño moño
cuyo color
siquiera importa,
y veo en ti
a todas las mujeres
mientras sonríes
de un lado,
y del otro
lloras rota.

¿Cuánto nos queda,
dime?
Segundos.
Maldito amor
de grilletes pálidos
que no me deja ser.

¿Cuánto nos queda?
dime, amor.
Maldito tiempo
de minutos oxidados
que no me deja ser.

Vuelvo ya
a ninguna parte
sabiendo que
es seguro
que estoy cometiendo
un terrible error.

(7 noviembre 2013)

Tha

Brújulas, cascabeles. Amuletos,
bálsamo para inviernos enfermos.
Te cojo de la mano en manicomios
que son mi cama
cuando despierto;
no reconozco éste lugar.
Llévame lejos.

(hay poemas
que están ahí
cuando despiertas
cuyo único objetivo
es
suplir ausencias)

martes

XVIII-III-XIV

Seguro que mi padre
está escribiendo,
esperando por sus hijos,
vendiendo lo invendible,
enamorándose,
conociendo gente.

Espero que se mantenga
aleado de los bares
y que le haya dado la muerte
la virtud
de no caer en viejos errores.

Espero que siga soñando
y que sonría,
que sea feliz
siendo energía,
que sus manos sean más rápidas
y que no le duela al respirar,
que sus poemas ya nunca
rezumen soledad.

Espero que esta tormenta
sea su forma de decirme
que me quiere,
que me espera,
y que adelante con la vida.

viernes

Saturno


                                                     Imagen: Wikipedia

Pareciera que consumir se hubiese convertido en el único derecho el individuo, la única tarea asignada, y también la única opción, y que éste, de motu propio y como para ahorrar trabajo a los titiriteros, hubiese convertido su sacrosanta misión en su destino vital. Una sociedad que consume con tanta voracidad como la nuestra no puede encontrar otro fin que no sea el de ser consumida. El ritmo de consumo no puede ser mantenido en ninguno de los dos extremos. La prueba más clara de que la sociedad de consumo se está devorando a sí misma la encontramos en el hecho de que las personas que no pueden consumir son apartadas de ella de manera categórica, reducidas a parias sociales cuya reinserción en el cuerpo total es a menudo impensable. La reducción de estas personas que no pueden consumir a ciudadanos de segunda, invisibles tanto para las intituciones como para las personas insertas en el runrun del sistema, no es sino un vistazo a las entrañas del ideal que nos gobierna; un ideal que no entiende de personas, que sólo ve números y al que solo llama la atención aquello que brilla, como a algunos monos. No sería incorrecto considerar que tanto el sistema como sus consumidores son monos.

Aunque la marginación alivia la presión constante de consumir para aquellos que la sufren, no puede ser considerado como una ventaja si se tiene en cuenta el rechazo al que son sometidos y sus condiciones de vida. La persona se ve liberada de la carga del consumo, pero encuentra dificultades para la simple supervivencia, viéndose obligada a recurrir a las redes de solidaridad o a la limosna, alimentada por el propio sistema que busca la pervivencia de las relaciones en sentido vertical, y al que no interesa un diálogo entre el consumidor y el ex-consumidor, sino una palmadita en la espalda de ambos.

Sin embargo, estas fisuras, que se aprecian cada día con más claridad en países como España, acaban por romper el tejido: el agujero va haciéndose cada vez más notable, hasta que la tela cede por completo y se desintegra en jirones irreparables. Cuando estos agujeros acaban por romper la tela, una nueva tela ha de ser tejida, ya que la anterior ha quedado inutilizable.

Hemos de ser sastres valientes.


Cifras

Yo no odio
gratuitamente:
a mi me cuesta
todo un mundo odiar:
un mundo con sus sonrisas
y sus decepciones,
con sus puestas de sol
y estrellas por doquier;
uno con relámpagos,
noches frías,
olor a tierra mojada
y también a fuego,
que es a lo que huelen
si no todos,
al menos éste mundo.

Yo no odio
gratuitamente:
a mi me cuesta
todo un mundo odiar:
un mundo con su hambre,
sus cunetas llenas de cadáveres,
su miseria, y desgracia, y fortuna inversa;
un mundo con su suerte esquiva,
con su muerte
y con su soledad,
que es de lo que están llenos,
si no todos,
al menos éste mundo.

Yo no odio gratuitamente
siempre hay
un precio que pagar.

La historia más vieja de todas


El atardecer se pierde:
sobreviene la oscuridad;
yo me cobijo temeroso
con las manos encogidas
temblando en negritud
esperando no descubrir
que una de esas nubes
de peso "nada eterna"
soy, de hecho,
yo.

Son frías las rocas de esta celda
que me da cobijo en este trance
traumático
pero sé que estoy de paso
aunque luego
no tenga adónde ir.

Pocas veces son las veces
que he querido
algo que estuviera
lejos del alcance de mi mano,
pero desde la oscuridad que me besa
al tiempo que me estrangula cobarde
grito: ¡LUZ!

Mi voz no trasciende
y tiritando,
agazapado,
ardo para sentirme mejor.


sábado

Será tormenta



Si sabe a rayos
probablemente,
será tormenta;
a la muerte le sigue
con vela fija
la hipocresía
de los grandes epítetos
y sentidos homenajes
que bien merecen
mi desprecio,
como también le siguen
los pájaros
carroñeros
sanguijuelas
de las que todo siglo
está repleto
y nunca exento.

La luz del sol se prolonga
insustituible
sobre los tejados
donde pierde su capacidad
de engendrar vida
y se vuelve
simple guijarro.

La aquiescencia
despierta la náusea
del luchador
sensato
que ve al espectador
cómodo
comer su plato
mientras
futuros epítetos
se hacen de nubes
y de tripas.

La luz del sol se prolonga
insustituible
sobre los tejados
donde pierde su capacidad
de engendrar vida
y permanece
como un simple milagro.

Si sabe a rayos...
será metáfora.

jueves

El huerto

El huerto parece abandonado. Hay una pequeña pila de estiércol en el lado derecho, tras una pared solitaria, de media altura y ladrillo desnudo. Detrás del huerto hay una montaña donde se asoman los zorros en las noches de verano en fugaces avanzadas que sueñan con asaltar un gallinero. En el huerto hay cañas de azúcar huecas que enderezan las tomateras. Aunque no hay tomateras. Hay una azada pequeña tirada en la tierra: se le sale la cabeza cada dos por tres y tiene el mango -de madera- roto, astillado. Otra azada más grande yace a su lado, con los mismos problemas, pero acrecentados. Las dos se están mirando, como si se estuviesen diciendo que no soportan más el paso del tiempo sobre la tierra árida, y que ojalá mañana.

El huerto es un recuerdo ya muy viejo. De los más viejos que tengo.

Recuerdos líquidos



A veces miras a una pared y la pared te mira de vuelta, entonces te preguntas qué clase de lunático eres, y la gente que pasa por tu lado cree que estás hablando con la pared, y entonces tienes suerte si no acabas explicando a la policía que no estás loco, que únicamente sentías curiosidad por saber qué clase de loco serías. Lo presentas en condicional, claro, porque de otra forma simplemente tendrías que admitirlo, y tú sabes que la regla de oro es: nunca lo admitas. Pase lo que pase no lo admitas. Lo que no sabes ­-¿por qué habrías de hacerlo?-­ es que es la regla de oro la que te trajo a todo este sinsentido en primer lugar; la que hizo que creyeses que la pared te miraba de vuelta. Y es que, cuando no admites las cosas, te quedas en un bucle que

­-  ¿Tienes un cigarrillo?

Lo miré con cara de pocos amigos. La de siempre, en realidad.

­- Oh, perdona. No pretendía interrumpirte. Es solo que ­-hizo una pausa y describió un círculo en el aire con su mano izquierda-­ me estaba quedando ­-bostezó exageradamente­- dormido. ¿Lo tienes? El cigarrillo, ¿lo tienes?

Le di un cigarrillo. Yo lo había dejado hacía tres años, pero guardaba alguno que otro en los cajones, aquí y allá, para cuando se presentaba alguna visita inesperada a la que se le había mojado el paquete de tabaco bajo la lluvia, o que simplemente no tenía un céntimo en el bolsillo y vendería su alma al diablo por un cigarro. Eso es lo que esos hijos de puta quieren: que les vendas tu alma por un cigarro. A saber la cantidad de porquería que llevan esos pequeños palitos humeantes. Encendió el cigarro con una cerilla que siquiera se molestó en soplar y la tiró debajo del sofá. Ojalá la hubiese soplado, me encanta ese olor que te invade por las fosas nasales y se te mete hasta la misma médula. Bueno, quizás no sea  para tanto, mi ex dice que me gusta hacer de las cosas más de lo que son porque así me siento legitimado cuando rechazo nuevas experiencias y relaciones sociales.

­-  ¿Sabes lo que pienso? Pienso que la pared me miró porque nadie antes se había parado a mirarla.

Le pude escuchar atragantándose con el humo al otro lado de la estancia. Le pude escuchar porque el  otro lado de la estancia, opuesto a donde yo me estaba sirviendo una copa de vino, estaba a menos de un metro. ¿No es maravilloso? Treinta años y mi salón es un dos por dos. Si no estuviese convencido de que lo material nos destruye encadenándonos a una vida artificial, llena de basura innecesaria, y de que no hay nada de malo en vivir humildemente, me jodería. Me jodería mucho. 

Una vez se hubo recuperado y hubo carcajeado a gusto, volvió a poner la mano en el aire, como acostumbraba a hacer, y dijo:
­
- ¿Sabes lo que pienso? Que no te ha dicho que está embarazada.

­-  ¿Que está embarazada quién?

­ - ¡Quién va a ser! La pared. Parece que ella quiere ir más en serio de lo que tú estás dispuesto a aceptar, ¿no? Y... chico, te lo digo, no te la quieres jugar con una pared.

Espera, espera. Vuelve atrás. Vuelve a empezar. Desde el principio.

A veces miras a una pared y en la pared ves tu sombra. La sombra no te devuelve la mirada, pero sabe que estás ahí, como tú sabes que ella es tuya y que si tú caes al suelo, ella caerá contigo sin siquiera pararse a pensarlo. La sombra estará ahí hasta que te mueras. No os tenéis que gustar, no os tenéis que mirar, no tenéis ni que jugar a ver quién se mueve más rápido. Es así y no hay vuelta de hoja.

­-  No era así como habías empezado, ¿verdad?

­ - Bueno ­-reflexioné­- Las cosas se suelen recordar de forma distinta a la que sucedieron. ¿Verdad?

lunes

Hey, hey

A veces te escribo por costumbre redentora: toda una página, de corrido. Una página que luego tacho, arrugo, desecho, y rompo, que no me fío de tu magia blanca hurgando en mis papeles. Dicen que la persona que no reniega de su pasado tiene medio camino hecho, pero también hablan de merecer y de desmerecer, así que, qué sabrán ellos. Yo la emprendería a pedradas contra los cristales, pero aquí no hay piedras, que los ingleses se las llevaron todas durante la gran hambruna, temerosos de lo que un hombre es capaz de hacer por sobrevivir. Ahora he oido que los irlandeses traen unas cuantas piedras de la otra isla cada vez que cruzan; el rearme, lo llaman. No sé si será verdad, pero quizá en un par de años pueda volver y romper algún cristal, por eso de saciar mi sed de romanticismo.

He escrito algún poema, he conseguido caerle mal a alguna gente, me he doblado los tobillos y he descubierto viejos vicios y manías que siempre estuvieron ahí. Escuché a un anciano preguntarse si será cierto eso de que una vez que te vas no puedes volver, y responderse que, él, por si acaso, inmortal hasta que se demuestre lo contrario, y otras cosas que te harían sonreír. Siguen confundiendo conceptos, por eso escribo que están conceptualmente equivocados, y que son conceptualmente estúpidos, y que, hay que ver, qué cielo tan gris y qué oscuras son las noches. No sé de qué habla la gente, pero sospecho que no me interesa.


domingo

Poemas ausentes


Me he estado enamorando
con frecuencia
de los ascensores sin puerta
y de las esquinas en absurdo;
me he centrado en
descentrarme
con poco
o sin ningún remedio
y ahora caigo en la cuenta
de que lleva años siendo domingo
y aún no he salido a buscarte
porque
llueve.

Todos los poemas
que te he escrito
los guardo bajo llave
porque están
tan vivos
que temo que salgan
a buscarte
y ¡sorpresa!
con la cara desencajada
mirando dos mil versos
de pura sinrazón.

Llevo tiempo estornudando
pequeñas muestras de madurez
y no estoy muy seguro,
pero ayer creo haber encontrado
una mota de responsabilidad
debajo de mi almohada:
como ves, me persiguen
conceptos estúpidos
de los que reniego
y nada puedo hacer.

Amanece en monodosis
con sangría
y párrafos abiertos como venas
llenas de no diremos qué;
el viento tirita
y dobla con su semilla
el paso militar de los árboles
que disfrutan siendo
también viento.

Me he estado enamorando
con frecuencia
de poemas ausentes
y ¡sorpresa!
... ¿qué le voy a hacer?






miércoles

Telegramas

Todo es relativo. Las cosas siempre se comprenden tarde. Lo espiritual es lo único dotado de sentido. El individuo es una falacia. El amor existe. La belleza no está en los cuerpos. Trascender.